El Profeta Hud

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El Profeta Hud

Mensaje  orgullosadeldin el Mar Abr 22, 2008 11:06 am

El Profeta Hud

Transcurrieron muchos años. Murieron los padres y les siguieron sus hijos. Así pasaron los siglos y las generaciones, la gente olvidó el legado de Noé y empezaron a adorar a las estatuas de nuevo. Abandonaron la obediencia a Dios con el mismo pretexto de sus antecesores, diciendo «¡No tenemos que olvidar a nuestros padres salvados del Diluvio por Dios!»
·Hicieron estatuas de cada uno de sus padres. Pasó el tiempo y olvidaron por qué habían esculpido dichas estatuas. Más tarde la reverencia hacia las estatuas se convirtió en una adoración a falsos dioses. Y el mundo se sumergió de nuevo en las tinieblas. La gente se olvidó de los secretos de la Creación; todo el Universo se convirtió en una naturaleza muerta. Entonces, Dios envió a Hud como Mensajero a la tribu llamada Ad, que vivía en la ciudad de AhqafADVANCE \r1[1]. Habitaban una parte del desierto próxima al mar, en una zona en la que había innumerables dunas. Vivían en tiendas de campaña que se erigían sobre gruesos mástiles. En la tribu de Ad vivían las personas más fuertes de aquel tiempo. Tenían unos cuerpos tan musculosos que estaban orgullosos de ello y decían: «No hay nadie más fuerte que nosotros en el mundo».
Pero, por el contrario, no eran personas inteligentes. Las tinieblas cubrían sus mentes. Adoraban a los ídolos, luchaban por ellos, insultaban a Hud y se burlaban de él. Hud les dijo:
— ¡Pueblo mío! ¡Venerad a Dios ya que no hay más deidad que Él!
Era la misma frase que todos los Profetas habían dicho. Cada Profeta decía la misma frase sin temor, sin apenas modificarla. Los dignatarios del pueblo preguntaron:
— ¿Por qué nos dices esas palabras? ¿Qué pretendes? ¿Ser gobernador? ¿Quieres la fama o la riqueza? ¿Para quién trabajas? ¿Quién te paga?
Él les dijo que no quería ningún pago ni salario y que su recompensa sólo sería la complacencia de Dios. Solamente quería que limpiaran sus mentes de las tinieblas de los ídolos y vieran la verdad. Les habló de las lluvias abundantes y de la fuerza que Dios añadiría a las suyas propias. Sí, tras el Diluvio, ellos eran los señores de la Tierra. Dios les había dado muchísimos beneficios como cuerpos fuertes, tierras fecundas y lluvias abundantes que daban vida a las yermas tierras.
Los aditas eran la nación más fuerte de todas. Pero esta situación fue una de las causas de perder la razón y no superar la Prueba Divina. Insolentemente le dijeron al Mensajero:
— ¿Cómo puedes insultar a los ídolos que nuestros padres adoraban?
— Vuestros antepasados se equivocaron.
— ¡Dinos entonces! Después de nuestra muerte y de que nuestros cuerpos se conviertan en polvo, ¿es verdad que se nos resucitará en una nueva creación?
— En el Día de la Resurrección todos los seres humanos volverán a la vida y serán juzgados y castigados por sus errores uno por uno.
— Pero, ¿no es extraño que Dios haya elegido a uno de nosotros, un ser humano, como su Mensajero?
— ¿Por qué no? Dios os ama y quiere advertiros de las maldades; por eso, eligió a uno de vosotros, a mí, y me envió. Creo que no os habéis olvidado del Diluvio, que fue un castigo para la tribu de Noé. Los que negaron la existencia de Dios fueron aniquilados y los que lo nieguen en el futuro serán aniquilados, aunque sean muy fuertes.
— ¿Lo dices en serio? ¿Quién puede vencernos a nosotros?
— ¡Dios!
— ¡Tenemos dioses que nos protegen!
— ¡Qué grandísima equivocación! ¿Hay un poder mayor que el de Dios?
Les contó que Dios es Todopoderoso y que para salvarse de la Ira Divina tenían que suplicarle a Él también. Pero no sirvió de nada.
La lucha de Hud contra su pueblo duró muchos años. Pero cada día los aditas eran más insolentes, se envanecían y desmentían a su profeta Hud. Finalmente acabaron por decir que era un loco: «Comprendemos que nuestros dioses te han trastornado por criticarlos por eso dices esas tonterías. ¡Te desafiamos a que ningún poder nos vencerá! Si es verdad lo que dices, que el castigo del que nos hablas caiga sobre nosotros. ¡Somos el pueblo más poderoso del mundo!»
·Hud hizo lo que pudo para salvarles de la aniquilación. Se esforzó mucho en hacerles ver el recto camino, pero tenían cabezas y corazones más duros que las rocas y finalmente no creyeron en Dios. Hud suplicó a Dios y empezó tener presentimientos de lo que después habría de pasar. Ellos querían que viniera la Ira Divina, pero no sabían cuán severa sería.
Era obvio que era la hora del castigo porque la Ley Divina actuaba así. Los que insistían en no creer en Dios serían aniquilados, aunque fueran ricos y poderosos.
Todo el mundo comenzó a esperar aquello que sucedería. En unos días una terrible sequía cubrió toda la Tierra. No llovía ni una gota del cielo. Los rayos abrasadores del Sol añadieron más calor a la temperatura de las arenas del desierto. Hacía mucho calor, como si el Sol fuera una bola de fuego, que todo lo derretía. Al ver la situación las gentes cayeron presas del pánico y fueron a hablar con Hud. Le preguntaron:
— ¿Qué ocurre?
Hud les respondió:
— ¡Es la Ira Divina! Son las señales de un castigo doloroso. Aún no es tarde; suplicad a Dios y os perdonará. Tendrá piedad de vosotros, os enviará lluvias abundantes y os fortalecerá.
Pero ellos se burlaron de él, e insistiendo en su incredulidad, no aceptaron la obediencia a Dios. Pero en caso de que sí hubieran creído en Dios entonces habrían visto que Él tenía misericordia de ellos.
El mismo día Hud, su familia y todos los creyentes abandonaron la ciudad. Llegaron a una duna desde donde podían ver la ciudad. Por última vez miró hacia la ciudad en la que vivían los aditas. Se entristeció mucho y dijo: «¡Pueblo mío! ¡Os he llamado pero no me habéis obedecido!»
Toda la naturaleza se marchitó. Justo en ese momento vino un grupo de nubes que cubrían todo el cielo. La gente, ya con los labios agrietados por la sed, que esperaba las lluvias desde hacía muchos días empezó a gritar de alegría: «¡Son las nubes que nos traen la lluvia! ¡Nuestros dioses nos han salvado!»
Pero eran las nubes del castigo doloroso que esperaban una señal de la Ira Divina, ¿cómo podían saberlo ellos? De repente cambió el aire. Hacía un frío gélido en lugar del calor de días pasados. Corría un viento que hacía un ruido terrible y provocaba que todo el mundo temblara hasta la médula, todas las criaturas temblaban; las plantas, los seres humanos... La tempestad seguía sin cesar. Las noches más frías seguían a otras aún más, los días más temibles se sucedían. La gente estaba muy asustada y se escondía en las tiendas pero eso no servía de nada. El fuerte viento desmontó las tiendas. Entonces se escondieron bajo las lonas pero el viento las hizo volar. Ya no había ningún refugio para ellos. No había ningún refugio de la Ira Divina. El viento desgarraba sus vestidos, su piel y sus cuerpos. Mataba a cualquier ser vivo, destrozaba sus corazones y los arrastraba. La tempestad azotó el lugar siete días y siete noches. La humanidad no había sido testigo de una catástrofe tan horrible nunca antes.
A la mañana del octavo día... Dios mandó que la tempestad cesara. De repente todo el mundo enmudeció. Cuando los primeros rayos de sol cayeron sobre la ciudad había un silencio absoluto. No había ningún ser vivo, toda la ciudad había quedado en ruinas. En la plaza solamente había unos troncos de palmera que volaban al viento, estaban totalmente huecos y solamente quedaban las cortezas. Hud y los creyentes fueron salvados por la misericordia de Dios... Pero no quedó nada de los incrédulos insolentes.

[1] Ahqaf en árabe significa «duna», dunas de arena en el desierto.
El Profeta Salih

Los años pasaron, unos nacieron  y murieron otros. Tras los aditas, los tamudeos entraron en escena en la historia, y al igual que sus predecesores, tuvieron un triste final también.
Los tamudeos adoraban también a los ídolos. Dios eligió a uno de ellos como Profeta: era Salih. Él comunicó el mismo mensaje que los anteriores Profetas habían expresado: «¡Pueblo mío! ¡Venerad a Dios puesto que no tenéis más deidades que Él!»
Los dignatarios de su pueblo se conmovieron con sus palabras. Salih decía que los ídolos no tenían ningún valor, quería que dejaran de adorarlos y obedecieran a Dios. En el pueblo estas palabras tuvieron el efecto de un terremoto, porque reconocían a Salih como una persona sabia y de confianza. Antes de la Revelación era apreciado por la gente y le respetaban. Al oírle, los que rechazaban su enseñanza dijeron: «¡Salih! Te apreciábamos mucho, confiábamos en ti pero ahora ¿qué te pasa? ¿Quieres que dejemos los dioses de nuestros padres? ¿Qué quieres hacer? ¿Qué te traes entre manos? Ya eres una persona sospechosa».
Su pueblo no lo creyó, sospechaban de sus palabras, en cualquier parte encontraban indicios para desconfiar de él, pensaban que había algo oscuro en él que ellos no conocían. Ya que no tenían más respuestas razonables, empezaron a calumniar a Salih. Siempre los incrédulos empleaban este método. Cuando algunos habitantes del pueblo comenzaron a aceptar las enseñanzas de Salih, los incrédulos intentaron impedirle comunicar su fe con todos los medios que tenían a su alcance. Empezaron a difundir rumores por todo el pueblo de que Salih era un loco. Querían menospreciarlo ante la sociedad. Pensaron que así podían hacer cualquier cosa a una persona que era odiada por la sociedad y de este modo nadie haría nada para impedirlo.
Pero todo el mundo sabía que no había una persona más inteligente y razonable que Salih. Entonces tenían que inventar otra cosa y así dijeron que era un mago. «Sí, es cierto, todos los que habían escuchado sus palabras cambiaban; dejaban de mentir, renunciaban la tiranía y se convertían en personas de buena voluntad; por eso Salih podía ser un mago».
Sin embargo, no era ni un loco ni un mago. Era un Profeta y los Profetas son los más sabios y perfectos individuos de la sociedad. Quien esté con ellos, logra la verdadera felicidad. El que mire a sus caras, se le llena el corazón de tranquilidad. Quien les escuche, se queda encantado como si escuchara los cantos del Paraíso.
·Los métodos de los tamudeos para impedirle llevar a cabo su misión fueron en vano. Quedaba únicamente una oportunidad más: quisieron que les mostrara un milagro. Dijeron que si era un mensajero de Dios, ya que su poder incomparable le había sido otorgado mediante un don divino, podía hacer algo milagroso.

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Re: El Profeta Hud

Mensaje  orgullosadeldin el Mar Abr 22, 2008 11:06 am

Los tamudeos eran personas muy fuertes, como los aditas. Poseían una civilización avanzada. Tenían la habilidad de grabar inscripciones en las rocas y construir casas y palacios en las montañas. Podían dar cualquier forma a rocas enormes y en este campo no había otra nación como ellos.
Querían un milagro. Claro que Dios les mostraría un milagro, un milagro relacionado con las rocas. Llegaron a los pies de una montaña muy alta, al frente iba el profeta y detrás el pueblo. Les mostró una roca grande y gritó:
— ¡Este es el milagro que queríais!
Toda la gente miró a la roca que Salih les mostraba. De repente la roca empezó a temblar y a moverse. Se convirtió en un gran camello hembra y empezó a caminar.··
El camello dejó a todos atónitos. Estaba vivo. Podían esculpir estatuas de hombres y de animales pero nadie podía dar vida a las estatuas. Este era el significado del milagro. El milagro traspasaba el poder humano; solamente Dios podía hacerlo. Era la diferencia entre el Arte humano y el Arte Divino. Un escultor puede esculpir un hombre, un animal o una planta pero el único que puede dar la vida es Dios. ¡Es Todopoderoso!
¿Podría ser que los incrédulos que habían visto el milagro creyeran en Él ahora? No. De verdad que no tenían la intención de creer en Dios. Por el contrario, sus corazones se hicieron más duros. Se llenaron de odio y enfado. Pero allí no podían decirle nada a Salih porque les había mostrado el milagro que quisieron de Dios.
Salih dijo que era un animal de Dios y que nadie le hiciera daño. Si no, les alcanzaría un castigo doloroso.
El camello era más que un milagro, era el camello más hermoso del mundo. Era muy grande e inteligente. Toda la gente lo admiraba, podía beber toda el agua de la ciudad de una sola vez dejando al resto de los animales sin agua que beber. Por eso, Salih repartió el agua de la ciudad: un día bebía el camello milagroso y otro día bebían los demás animales.
Los días en los que el camello bebía, lo ordeñaban y obtenían leche suficiente para toda la ciudad. ¡Era un milagro! Conseguían del camello en un día tanta leche como la de todos los animales de la ciudad juntos. Los tamudeos bebían la leche del camello, y lo que es más, su leche era deliciosa. El queso y la mantequilla que preparaban de la leche eran también deliciosos.
Era muy dócil, no hacía daño a nadie y pacía en los buenos pastos de la ciudad. Al verlo la gente se quedaba admirada, era un milagro. Era una fuente de fecundidad para todo el mundo. Tenía suficiente leche para toda la ciudad.
El camello de Salih vivió entre los tamudeos, ante sus ojos. Los que tenían la conciencia limpia aceptaron las palabras de Salih. Pero los que tenían corazones llenos de odio, rencor, obstinación y vanidad no solo no le creyeron sino que se burlaban de los creyentes. El bendito camello que pacía en los prados era la gran prueba de su veracidad. Los incrédulos pensaron que no podían vencer a Salih hasta la muerte del camello. Tenían que matarlo.
Algunos de los tamudeos que habían vendido su alma al diablo se reunieron para hacer planes maliciosos. No pudieron soportar el milagro del bendito camello. Los partidarios de Iblis pensaron en cómo matar al animal. No sabían que preparaban el triste final de sí mismos.
En las tinieblas de la noche había un silencio tan absoluto tanto en la urbe como en las montañas y en los valles. Todo el mundo dormía complacido. Las estrellas escondidas detrás de las nubes descansaban también. En ese momento los dignatarios de los tamudeos hacían planes maliciosos en un palacio esculpido sobre una roca gigante. Temían matarla de día y por eso lo harían de noche. Pensaban que nadie podía verles, pero Dios los veía. Uno de ellos dijo:
— Cuando hace mucho calor el camello viene a refugiarse a las sombras del valle. Entonces, nuestros rebaños huyen y quedan expuestos al calor; es perjudicial.·
El otro dijo:
— Los inviernos, prefiere los lugares templados. Entonces nuestros animales quedan bajo el frío y enferman. ¿Qué podemos hacer? ·
Reunieron una banda de perturbadores. Tenían corazones más oscuros que la noche. El cabecilla era como el hermano de Iblis. Se levantó y dijo a los demás:
— Tenemos sólo una solución: matar al camello.
Sus palabras hicieron eco en las paredes de la oscuridad de la habitación. Uno de los que estaban sentados dijo:
— Salih había dicho que nadie la perjudicara, ¿lo olvidasteis?
— ¡Salih es un mentiroso! ¡No confiamos en él ni le creemos! ¡Hay que matar al camello!
El plan para matar al camello estaba listo. Eligieron a nueve personas, los cuales eran los asesinos más despiadados y crueles. En la oscuridad de la noche, atacarían al camello y el cabecilla lo mataría. Se dispusieron a esperar al momento de la matanza según lo acordado.
La noche... La oscuridad absoluta.
Las tinieblas cubrían las montañas. El bendito animal y su cría estaban durmiendo tranquilamente. Tenían un semblante agradable en las caras. La cría se pegaba a su madre por el frío y ésta la apretaba contra su pecho. Los nueve asesinos habían preparado sus armas, espadas, lanzas y flechas. Salieron como la traición que surge de las tinieblas...
El cabecilla estaba tan borracho que no podía dar dos pasos de frente. Cuando los asesinos llegaron al lugar en el que la camella y su cría estaban durmiendo, los atacaron. Los camellos se despertaron sobresaltados. Pero no había salvación para ellos. Golpearon salvajemente con sus manos asesinas, tanto al camello hembra como a su cría. La verde hierba estaba manchada con la sangre de los camellos y adquiría una tonalidad roja.
Salih se entristeció mucho al oír la noticia de su muerte. Dirigió con semblante serio estas palabras a su pueblo:
— Os había dicho que nadie la tocara.
Los asesinos dijeron con tono insolente:
— Sí, los hemos matado, y tú serás el siguiente. ¡Haz aquello que puedas! ¡Sea lo que sea, no te creemos!
De nuevo, los seres humanos preparaban su triste fin con sus propias manos. Otra vez, como sus antepasados, pedían la Ira Divina inconscientemente. Salih dijo:
— ¡Regresad a vuestras casas y gozad de vuestros bienes tres días más! Entonces, veréis cuál es el castigo.
Salih fue a su casa y recogió sus bienes. Abandonó la ciudad con su familia y los creyentes. Todo terminó; una página de la historia de la humanidad estaba a punto de cerrarse. Dios les dio a los tamudeos tres días de plazo ya que el camello bendito había gritado tres veces a la hora de morir.
Los tamudeos hicieron fiestas tras la salida de Salih. Pensaron que lo habían vencido a él y a Dios. Pero nadie puede vencer a Dios. Dios da la oportunidad y fija el tiempo para que los seres humanos se arrepientan. Si no se arrepienten, les da un castigo tal que es un ejemplo para toda la humanidad. Los tamudeos se burlaron del castigo del que Salih les había advertido.
A la mañana del cuarto día, el espectáculo era horrible.
Los tamudeos oyeron un grito horrible del cielo. Los cielos se resquebraban. Las montañas se pulverizaron también con el eco del grito. Todas las criaturas que oyeron el grito, murieron. Uno a uno, los palacios se quedaron en ruinas. En unos segundos, toda la ciudad fue destruida.
Era solamente un grito. Los incrédulos no pudieron hacer nada para salvarse. No pudieron levantarse de sus camas, ni pudieron preguntar lo que ocurría. No pudieron abrir las ventanas para verlo... No oyeron los gritos de los demás tampoco. El grito todo lo destruyó.
Salih y los creyentes ya habían abandonado la ciudad hacía tiempo. Los obedientes se salvaron porque siguieron al Mensajero de Dios. Los incrédulos tuvieron un triste fin y murieron dolorosamente. Salih miró hacia los horizontes de la ciudad de los tamudeos. Se le cayeron unas lágrimas y dijo: «¡Pueblo mío! Os he advertido pero no me habéis escuchado».

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