El Profeta Ismael

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El Profeta Ismael

Mensaje  orgullosadeldin el Mar Abr 22, 2008 11:11 am

El Profeta Ismael

Tal y como nos fue relatado antes, nuestros queridos viajeros ya se habían preparado para el viaje. Eran tres personas benditas: Abraham, su esposa Hayar y su hijo Ismael[1] en sus brazos que viajaban hacia partes desconocidas de los desiertos de Arabia. En realidad el viaje entrañaba un misterio.
Una mañana, Abraham y Hayar llegaron a la presencia de Sara. El pequeño Ismael gateaba y sonreía a todos. Abraham tenía un porte muy serio. Parecía que iba a decir algo importante. Más tarde, dio la orden de viajar. No pudieron decir ni preguntar nada.
— ¿Por qué? ¿A dónde?—se preguntaban.
Es obvio que Abraham no hacía nada por sí mismo. Era una Orden Divina. Sara los despidió con lágrimas en los ojos. El pequeño Ismael no comprendía nada al despedir a la segunda esposa de su padre.
Pasaron los días y los meses. Los tres benditos viajeros pasaron por montañas, dunas, desiertos y ríos. Por fin, llegaron a los desiertos arábigos.
Abraham dejó a Ismael sobre las arenas del desierto. Miró profundamente a los ojos de su hijo. Ismael sonreía a pesar del calor agobiante, del Sol y de las dunas abrasadoras. Abraham difícilmente podía soportar el dolor de abandonarles en el desierto. Estaba a punto de romper a llorar. Miró a su hijo por última vez y luego, se volvió y empezó a andar.
Hayar estaba confundida al ver a Abraham yéndose. «¿A dónde podía ir? ¿Junto a quién les dejaba en este desierto? ¿Qué comerían y beberían? ¿Quién les protegería de los ataques de los animales salvajes?»
Hayar corrió detrás de Abraham y le preguntó:
— ¿A dónde vas dejándonos aquí?
La pregunta de Hayar desapareció en el vasto espacio del desierto. El Profeta andaba sin mirar atrás. En su interior se desataban toda clase de tempestades emocionales. Hayar siguió corriendo detrás de él, dejando a su hijo atrás. Le llamó otra vez:
— ¡Señor mío!
De repente se calló. Comprendió todo. Era un orden de Dios. Cuando Abraham se quedó entre la orden y sus sentimientos, eligió la orden de Dios sin pensar ni un momento. Hayar le preguntó otra vez:
— ¿Es una orden de Dios?
Sí, era una orden de Dios. Entonces, no quedaba más alternativa que admitirlo. Hayar comprendió los sentimientos de Abraham y le dijo para consolarle:
— En caso de ser una orden de Dios, sé que Él está con nosotros. Puedes irte tranquilo. ¡Dios nos protegerá aquí!
Ismael miró hacia atrás, a su padre, hasta que desapareció. Cuando comprendió que su padre se había ido, empezó a llorar. Su madre lloraba también así como su padre tras la duna. Los ángeles no pudieron soportarlo más y empezaron llorar. Todas las criaturas lloraban por la triste escena... Los cielos, la tierra, las montañas...
Abraham abrió las manos y suplicó a Dios:
— ¡Señor Mío! ¡Alabado seas! ¡Ves y oyes todo en el Universo! He dejado a mi familia en aquel valle árido en el que no hay ni una hoja verde, cerca de Tu Casa Sagrada. ¡Seguro que eres Aquél que les protegerá!
Ismael sonrió cuando regresó su madre. Hayar apretó a su hijo contra su pecho. Cayeron unas lágrimas sobre la cara luminosa de Ismael.
En el desierto, el agua es igual a la vida y la falta de agua es la muerte segura. Pasados unos días, el agua se había terminado. Ismael empezó a llorar por la sed. Hayar se levantó y empezó a buscar agua. Esperaba encontrar un oasis en el desierto. Vio una duna más allá, la duna de Safa. Subió la duna y miró hacia el horizonte. Buscó a un hombre, un árbol o un pozo. Pero no había nada en el horizonte sino la nebulosa del calor. Bajó de la duna de Safa y subió a la otra duna, la duna de Marwa. Miró a sus alrededores pero sus esfuerzos para encontrar agua fueron vanos. No había nada sino vastas de arena.
Ismael lloraba cuando veía que su madre corría entre las dunas. Era muy difícil para un niño quedarse sin agua horas y horas. Pero era una prueba para Ismael. Dios quería que Su Mensajero creciera en las situaciones más difíciles. Siete veces vagó entre las dos dunas y por eso, los musulmanes van y vienen siete veces cuando realizan la peregrinación para recordar los sentimientos de Hayar y comprender los sucesos de ese día.
Hayar estaba muy cansada pero seguía corriendo. Hacía un calor mortal. Ella lloraba mucho por su hijo, no por sí misma. ¿Quién podía aguantar esta situación?
Los ángeles rompieron a llorar y suplicaron a Dios el Misericordioso. Dios contemplaba la escena también. No hay nada que permanezca en secreto para Él.
La compasión de todas las criaturas es una gota en el mar de la Compasión Divina. Es obvio que había un secreto en este suceso. Dios quería que los acontecimientos fueran bordados como una epopeya en las páginas de la historia de la humanidad. Quería que lo ocurrido en este desierto, que estaba muy lejos de la civilización, corriera de boca en boca siglos y siglos. Quería que todo el mundo comprendiera el Milagro Divino. Era una manifestación del poder de Dios. ¿Quién es más poderoso que Él en el Cielo y en la Tierra? El mismo Poder enviaría al Último Profeta, el Profeta de los Profetas (que Dios le bendiga y salve) en el futuro.
El Todopoderoso envió al ángel Gabriel a la Tierra. Cuando el pequeño Ismael vio a Gabriel, se olvidó de la sed y empezó a sonreír. ¡Qué bello era el ángel! Ismael llamaba a Gabriel con la mano; quería jugar con él. Luego, empezó a golpear la tierra con sus pequeños pies.
De repente empezó a brotar agua de dentro de las arenas, de la tierra yerma. ¡Era un milagro! ¿No es Dios el Todopoderoso? Hayar había vuelto junto a su hijo desesperanzada pero cuando vio a Ismael jugando con el agua, no supo qué hacer. La tristeza se convirtió en alegría, Abraham había confiado en Dios y madre e hijo bebieron hasta hartarse. Cercaron la zona, siendo denominada a partir de ese momento como el Pozo de Zamzam.
Zamzam llevó la vida a la zona. Gracias al agua la hierba empezó a crecer en la arena. Todo el valle se llenó verdor. Dentro del desierto infernal nació un paraíso. Vino mucha gente a ver el agua y la hierba; se construyó allí una nueva sociedad.
Pasaron los años, Ismael creció. Tenía trece o catorce años. Cuando Abraham vino para visitarles, vio la fecundidad que había traído el agua, y dio gracias a Dios por sus beneficios abundantes. Abraham quería mucho a su hijo Ismael, era un niño hermoso. Todo el mundo sabía que era un joven decente y muy inteligente. Tenía buenas cualidades porque era el hijo de un Profeta.
Nuestro Querido Profeta, el Señor de los señores, el Profeta Muhammad dijo: «Si Dios quiere a alguien, lo pone a prueba. Las pruebas de los Profetas son las más difíciles».
Ahora, Dios preparaba una nueva prueba para Abraham y su hijo Ismael.
Un día, por la mañana, Abraham e Ismael daban un paseo. Abraham le iba a decir algo muy importante. Le contaría lo qué había soñado la noche anterior. Tenía una expresión muy seria. Miró a los ojos de Ismael y dijo:
— ¡Hijo mío! Soñé que intentaba sacrificarte, ¿qué opinas acerca de esto?
¡Qué decencia tenía el Profeta Abraham! ¡Lo consultaba con su hijo! Ismael sabía que el sueño de los Profetas era un tipo de Revelación. Miró a la cara de su padre y dijo:
— ¡Padre mío! ¡Haz lo que te sea ordenado por Dios! Verás, por Dios, que soy paciente entre los pacientes.
¡Qué prueba tan difícil! ¡Qué obediencia tan fuerte! Era la manifestación de la confianza en Dios. Era el precio de ser el Padre de los Profetas.
Padre e hijo se despidieron para verse después. No pudieron hacer nada sino aceptar la orden. Cuando Ismael iba al lugar de la cita, Satanás se le apareció:
— ¿Estás loco? ¡Tu padre te sacrificará!
Cuando Ismael vio a Satanás, empezó a apedrearle y Satanás se escapó de allí. Más tarde, se le apareció otra vez y dijo lo mismo. Ismael le apedreó de nuevo. Desde este día, cuando los musulmanes realizan la peregrinación a La Meca, apedrean a Satanás de manera figurada. Él no pudo vencer a Ismael, fue derrotado y se marchó. ¡No era posible vencer a un Mensajero de Dios!
Más tarde, Ismael se había puesto contra el suelo para el sacrificio. Toda la naturaleza les miraba; todas las criaturas tenían ganas de saber lo que pasaría poco después. Veían la manifestación de una obediencia total. Era una prueba muy difícil para ambos. Cuando Abraham acercó el cuchillo al cuello de Ismael, oyó una voz celestial: «¡Abraham! ¡Esto prueba que tienes confianza y fe en Dios! ¡Te has sometido a la Orden Divina! ¡Sacrifica este carnero en lugar de Ismael!»
Abraham, Ismael, los ángeles en el cielo y las criaturas en la Tierra suspiraron de alivio profundamente. Había terminado la Prueba Divina y la había superado. Era un día festivo para todo el Universo. Este día fue nombrado como la Fiestadel Sacrificio para los musulmanes. En este día, los musulmanes sacrifican corderos y carneros recordando la historia del Profeta Abraham y su hijo Ismael.
Pasaron los años, Ismael creció y se hizo adulto, se casó y tuvo hijos. La población de los alrededores de Zamzam fue aumentando. El pueblo de Ismael veneraba a Dios ayudado por las palabras que habían aprendido de él.
Un día, Abraham e Ismael salieron a dar un paseo. Abraham sonreía. Dios les había mandado construir la Kaba, la Casa Sagrada. Los dos Profetas empezaron a trabajar sin perder tiempo. Construyeron la Kaba sobre la base que había excavado Adán.
La Kaba, corazón del mundo. La Kaba, la pupila del Universo. La Kaba, el lugar sagrado donde los ángeles en el cielo y los musulmanes en el mundo realizan la circunvalación (tawaf) a su alrededor.
Los dos Profetas suplicaron a Dios cuando construyeron la Kaba: «¡Señor Mío! ¡Acéptalo de nosotros! ¡Tú eres Quien todo lo oye, Quien todo lo sabe! ¡Señor Mío! ¡Haznos de los que se someten a Ti y haz de nuestros descendientes una comunidad musulmana que se someta a Tu Divinidad, siendo los representantes más notables de la obediencia a tu Poder ! ¡Envíales un Profeta que les lea Tus versículos! ¡Para que les enseñe lo oculto, les llame al recto camino, a la pureza! ¡Tú eres la única fuente de sabiduría!»
Dios aceptó sus súplicas y el señor del Universo, el Profeta Muhammad fue descendiente directo del Profeta Ismael. Él fue el Gran Profeta y sus creyentes, el pueblo de la Umma, fueron los creyentes más fieles.
Un día Nuestro Querido Profeta Muhammad (que Dios le bendiga y salve) dirigía unas palabras a sus discípulos. Cuando le tocó el turno de hablar del Profeta Abraham dijo: «Yo soy la súplica de mi padre Abraham; soy el hijo de dos sacrificios».
El primer sacrificio era el del Profeta Ismael y el segundo era su padre Abdullah.
Habían terminado la construcción de la Kaba. Abraham pensó poner una señal al principio del tawaf. Podía ser una señal en forma de roca pero sería diferente a las demás rocas de la construcción. Ismael buscó a una roca diferente en las montañas pero no pudo encontrarla. Cuando regresó, vio una roca negra llevada por su cansado padre:
— ¿Qué es eso?
— Hayar al‑Aswad, la roca negra, la roca sagrada.
— ¿Dónde la has encontrado?
— Los ángeles la han traído del Eden.
Colocaron el Hayar al‑Aswad en su lugar especial en un muro de la Kaba.
Desde este día, los musulmanes vienen a visitar La Meca, a realizar el tawaf en los alrededores de la Kaba, a besar la Hayar al‑Aswad. Además, caminan entre las dunas de Safa y Marwa recordando la historia de Hayar. Luego, apedrean a Satanás como el Profeta Ismael hiciera. Ofrecen sacrificios, corderos y carneros, para manifestar la obediencia a Dios. Durante los rezos, vuelven sus rostros hacia la Kaba y de este modo rezan.
Dos ángeles hablaban entre ellos en el Cielo. Hablaban del Señor del Universo. El Señor de los señores estaba a punto de nacer, en La Meca, cerca de la Kaba, en los alrededores del pozo del Zamzam. Otro Zamzam que daría vida a las almas desiertas estaba a punto de nacer. Uno de los ángeles le dijo al otro: «¿Has entendido el misterio de la venida de Ismael a La Meca? ¿El misterio del sacrificio? ¿El misterio de la construcción de la Kaba? ¡Todo era para él!»


[1] En el Corán es nombrado como «Ismail».

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y que se arrepienten luego. Allah les perdona, porque es sabio y prudente".

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