El Profeta Moisés

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El Profeta Moisés

Mensaje  orgullosadeldin el Mar Abr 22, 2008 11:17 am

El Profeta Moisés

El Profeta Jacob decidió residir en Egipto. Jacob tiene otro nombre que era Israel; es decir, el obediente de Dios. Por eso, sus hijos fueron llamados los israelitas. Al llegar la hora de exhalar su último suspiro, Jacob llamó a sus hijos y les dijo:
— ¿A quién vais a venerar después de mi?
Estaba a punto de despedirse del mundo. Su alma llegará a Dios dentro de poco. Quizá sólo tenía un poco de tiempo para decir una frase y el Profeta Jacob empleó ese tiempo haciendo esta pregunta a sus hijos. Un Profeta vive por ese ideal y llega a su Señor con ese ideal. Sus hijos le respondieron:
— ¡A tu Señor! ¡Es el Señor de tus padres Abraham, Ismael e Isaac! ¡Él es el Único y obedecemos a Dios!
El Profeta Jacob falleció plácidamente. Su testamento fue que lo enterrasen en tierras de Palestina. Sus hijos le enterraron allí, regresaron a Egipto y prefirieron vivir a la sombra de José porque les agrado mucho la abundancia de Egipto. Se casaron, tuvieron muchos hijos y cada día aumentaron.
Y pasaron muchos años... Los padres, los hijos y los nietos murieron... Les siguieron los nietos de los nietos. La población creció. Se olvidaron las doctrinas del Profeta Jacob. Los que veneraban a Dios eran unos pocos. Entonces, Dios les castigó a través de un Faraón como una plaga asentada en el escalafón más alto de la sociedad. El Faraón les hizo sufrir en demasía. En realidad, no era solamente un castigo para los israelitas sino una prueba para ellos.
Después del Faraón de buena voluntad que apreciaba a José, subió al trono un Faraón que era un soberano tiránico que no conocía a José ni sus buenos hechos. Mientras la familia real vivía en el lujo, se aprovechaba de los israelitas como esclavos. Les forzaba trabajar mucho y si no aceptaban les mataba. Aseveraba que era un dios. La gente israelita había olvidado su origen. Rompieron la promesa que le habían hecho a Jacob. La mayoría de ellos adoraban a los dioses de los egipcios. Aceptaron la esclavitud y cometían traiciones entre ellos. Se practicaban todo género de delitos para obtener el dinero, el oro y sus beneficios propios.
Un día, los adivinos vinieron ante el Faraón. Le informarían de un presagio importante. Era un presagio horrible para el futuro del país y del soberano. Al oír las palabras de los adivinos el Faraón se sobrecogió. Le invadió la furia. Estaba ciego de ira. Según los adivinos, nacería un hijo de los israelitas y en el futuro destronaría al Faraón.
El Faraón pensó en remediarlo. El número de los israelitas realmente aumentaba día a día. Aunque les hacían trabajar como los esclavos, ninguno de los gobernantes y de los poderosos suponía que uno de los israelitas destronaría su tiranía. El Faraón se levantó y dio una orden horrible: «¡Matad a todos los niños recién nacidos de los israelitas!».
Empezaron días espantosos para las mujeres embarazadas. Dar a luz a un niño era un sueño para todo el mundo pero ahora se convirtió en una pesadilla. Los soldados del soberano mataban a todos los niños recién nacidos ante los ojos de sus madres. Los gritos de los niños y de las madres resonaban en las casas y en las calles. Estaban de luto riguroso en los barrios de los israelitas.
En esos días, nació un niño de una familia creyente israelita. Era el niño que destronaría al Faraón en el futuro: Moisés[1].
Su madre temblaba ante el temor de que mataran a su niño. Le daba el pecho en secreto para que nadie lo viera. Una noche, Dios inspiró a su madre: «Si te preocupas por él, ponlo en el río. ¡No temas por él, no estés triste! Te lo devolveremos y lo honraremos como un Profeta».
Después de la inspiración, la madre se tranquilizó y obedeció a la voz llena de misericordia. Prepararon una canastilla. Le amamantó por última vez y lo colocó en la cesta de mimbre. Fue a la orilla del Nilo y lo dejo flotar en el río.
El corazón de la madre de Moisés —los corazones de las madres son los más compasivos de la Tierra—estaba lleno de tristeza. Sin embargo, sabía que la misericordia divina era eterna. Es obvio que Dios quería a Moisés más que su madre. Dios había prescrito que lo pusiera en el río. Dios era el Señor de Moisés y del río también.
Cuando la canastilla de Moisés navegaba en el río, Dios mandó a las olas que fueran tranquilas y compasivas porque ese pequeño niño que llevaban sería un gran Profeta en el futuro.
·Dios, el Más Grande, había ordenado al fuego que no quemara al Profeta Abraham, que fuera frío para no dañarle. Y ahora, daba una orden parecida al río Nilo. Llevaría a Moisés en tranquilidad hasta el palacio de Faraón.
El Nilo obedeció totalmente la orden. El agua llevó la cesta bendita con el niño hasta el palacio de Faraón.
Había amanecido. Ese día el Sol mandaba sus rayos al palacio del Faraón como siempre. La esposa del Faraón estaba en el jardín realizando el paseo de la mañana. Asiyah seguía caminando en el jardín sin saber por qué caminaba tan lejos hoy.
La esposa del Faraón era diferente de éste. El Faraón negaba la existencia de Dios pero ella era creyente. El Faraón era despiadado pero su esposa tenía un corazón lleno de piedad. El Faraón era muy cruel pero ella tenía buena voluntad. Sin embargo, tenía arrugas de la tristeza en su rostro. Hasta ese día no pudo tener un hijo. Deseaba mucho tener un hijo al que abrazaría y criaría con compasión.
Al llegar al lugar en el que el jardín y el río se unían, encontró una cesta. Dijo con asombro:
— ¡Qué interesante es la cesta! ¿Qué habrá dentro?
Mandó a sus sirvientes que le trajeran la cesta. Cuando abrieron la cubierta, vio a Moisés con su rostro resplandeciente. ¿Quién podía haberlo puesto en el río? ¿Una madre que tenía miedo del Faraón? Asiyah sintió que su corazón temblaba de misericordia. Le agradó tanto como si fuera su hijo. Luego, abrazó al niño. No pudo aguantar más y lloró. Olió y besó al niño a la vez que mientras se le caían las lágrimas. De repente, Moisés se despertó y él empezó a llorar también. Tenía hambre y necesitaba a una madre que le diera la leche de la mañana. Lloraba sin cesar.
En ese momento, el Faraón estaba esperando a su esposa para desayunar. Sin embargo, ella no venía. Salió a buscarla con enfado y la encontró viniendo hacia él. La miró con asombro porque ella abrazaba y besaba a un niño. Además, lloraba.
El Faraón preguntó sorprendido:
— ¿De dónde ha salido el niño?
Cuando ella dijo que lo encontraron en una cesta en la orilla del río dijo:
— Ha de ser un niño recién nacido de los israelitas. ¿No tenía que estar muerto?
La mujer apretó el niño contra su pecho y dijo:
— No. Quizá sea un motivo de felicidad para nosotros. ¡No le mates! ¡Quizá nos sea útil o le adoptemos como hijo!
El Faraón estaba muy confundido ante la forma de actuar de su esposa con un niño encontrado en la orilla del río. Además, ella lloraba de alegría. Sin embargo, no la había visto nunca llorando de alegría. Al ver que Asiyah lo quiso como si fuera su propio niño, se dijo: «No pudo tener un hijo, eso le hace afligirse y ahora quiere este niño».
Por fin, Faraón aceptó el deseo de su esposa y le permitió criarlo en el palacio. Después de mucho tiempo vio que su esposa se ponía contenta. Antes no la había visto tan alegre. Le había dado regalos, joyas y esclavos pero no había podido ver ni la menor sombra de una sonrisa.
Cuando el pequeño Moisés empezó a llorar de nuevo, la reina recordó que el niño tenía hambre. Dijo a Faraón:
— ¡Mi bebe tiene hambre!
Faraón mandó a los sirvientes:
— ¡Traed a las nodrizas!
Una de las nodrizas del palacio intentó dar de mamar a Moisés pero él no aceptó. El Faraón grito:
— ¡Traed a otra nodriza!
La segunda, la tercera... la décima nodriza llegó pero Moisés no aceptó a ninguna de ellas y lloró sin cesar. Entonces, la Reina se apenó y empezó a llorar también. No sabía qué hacer.
No sólo se entristecía la esposa de Faraón. La madre de Moisés estaba muy triste y se deshacía en lágrimas también. Al dejarlo en el Nilo, dejó su corazón allí también. La cesta había desapareció entre las olas y no había quedado ni rastro de ella.
Cuando las primeras luces de la mañana se posaron sobre la madre de Moisés, sintió un vacío en su corazón. No había podido dormir por la noche. Tenía los ojos inyectados en sangre, estaba loca por la ausencia de su niño. Había pensado ir al palacio del Faraón y decir que era la madre del niño encontrado en la orilla del Nilo aunque fuera el fin doloroso para ella. Sin embargo, Dios hizo que su corazón se mantuviera fuerte. Por fin, se tranquilizó pensando que su niño estaba protegido por Dios. A pesar de todo, dijo a su hija:
— Vete silenciosamente al palacio del Faraón y observa lo que ocurre con Moisés. ¡Ándate con cuidado y procura que no te vean!
La hermana de Moisés fue al palacio sin que nadie se diera cuenta y supo de toda la historia. Vio a Moisés de lejos cuando estaba llorando. Comprendió que Moisés no aceptaba a ninguna de las nodrizas para tomar su leche y ellos se quedaron sin remedio. Tuvo el coraje de acercarse a la Reina y dijo:
— ¿Queréis que os indique una familia que lo amamante y cuide?
La esposa de Faraón dijo con excitación:
— Si puedes encontrarnos una madre de la que acepte su leche materna, te ofreceré una gran recompensa y todos tus deseos se harán realidad.
La hermana de Moisés fue a casa y regresó al palacio con su madre. Cuando la madre de Moisés dio el pecho Moisés lo aceptó y empezó a mamar. La Reina se puso muy alegre. Dijo a la madre de Moisés:
— Llévalo a tu casa. Dale de mamar al niño hasta que termine el período de lactancia y luego devuélvelo junto a nosotros.
·Dios hizo regresar a Moisés con su madre y calmó su alma para que ninguna nube enturbiara su felicidad. La madre comprendió una vez más que la promesa de Dios era cierta y si Dios quiere algo, solamente dice «¡Sé!» y eso se hace realidad, a pesar de todo el mundo.
Cuando terminó el periodo de lactancia, la madre de Moisés lo llevó al palacio de Faraón.
Después de ese día, lo educarían allí. En el palacio se encontraban los más grandes maestros y científicos de aquel tiempo. Egipto era la civilización más avanzada del Mundo en aquella época y el Faraón era el soberano más poderoso de la Tierra. Por eso, se encontaban los científicos más renombrados, los más hábiles artistas y sabios profesores en el palacio. La sabiduría divina quiso que Moisés recibiera la educación más elevada de su tiempo de los más selectos sabios y no sólo esto sino que estos hechos tuvieron lugar en la corte del Faraón, uno de sus mayores enemigos.
Moisés creció en el palacio del Faraón. Allí recibió lecciones de las ciencias, las matemáticas, la física, la química, la astronomía y la biología. Moisés escuchaba todas las clases con mucha atención pero particularmente en la clase de religión dormía. No quería escuchar las vanas palabras del profesor sobre la deidad del Faraón. A veces, lo escuchaba a escondidas pero se burlaba de él. Moisés vivió en el mismo palacio por eso sabía bien que Faraón era sólo un hombre, un hombre muy cruel.
Además, Moisés sabía que no era un hijo del Faraón. Pertenecía al pueblo de los israelitas mientras que el Faraón era un copto. Sabía que los coptos hacían sufrir a los israelitas.
Un día, Moisés caminaba solo por las calles de la ciudad. En una calle solitaria, vio que un copto golpeaba a un israelita. El hombre al que pegaban se refugiaba en el suelo y pedía ayuda de los que pasaban por allí. Moisés fue allí enseguida y quiso terminar la pelea. El copto era corpulento mientras que el otro individuo era débil. Moisés le dio un puñetazo al copto y desafortunadamente lo mató.
Moisés era un joven muy fuerte. Un puñetazo suyo fue suficiente para matarle. La verdad es que no quiso matarle, al ver el cadáver en el suelo dijo:
— No cabe ninguna duda de que es una obra de Satán. ¡Es obvio que es un enemigo embaucador!
Abrió sus manos y rogó:
— ¡Señor Mío! ¡Eres el Indulgente, el Misericordioso! ¡He cometido un acto injusto! ¡Perdóname!
·Dios perdonó a Moisés porque Él es el Único Dueño del mar de la misericordia.
Moisés tenía mucho miedo. Andaba asustado por las calles. Nadie sabía que Moisés había matado al hombre.
A la mañana siguiente, cuando caminaba temeroso y cauto por las calles, se encontró al hombre al que había ayudado la víspera peleando otra vez con otro copto. El hombre le pidió ayuda a Moisés. Esperaba que le ayudara, ero era obvio que era muy camorrista.
Moisés se enfadó con él. A pesar de todo, Moisés intentó separarles pero el hombre que había ayudado la víspera supuso que le haría daño:
— ¿Quieres matarme como mataste al otro ayer?
Moisés lo dejó libre y se fue. El copto pertenecía a la familia de los faraones. Fue al palacio y dijo que Moisés mató al hombre encontrado muerto ayer. El Faraón mandó que detuvieran a Moisés y le mataran. Moisés estaba escondido en un lugar que nadie conocía en los arrabales de la ciudad. Había un hombre de la familia de los faraones que quería a Moisés. Él le daba noticias del palacio. Un día, vino corriendo a los suburbios de la ciudad. Le dijo a Moisés:
– ¡Los dignatarios se reunieron para ejecutarte! ¡Sal de las tierras de Egipto! ¡Te aconsejo el bien!
Moisés se puso en marcha sigilosamente y salió de Egipto. En el camino rogaba a Dios continuamente,«¡Señor Mío! ¡Sálvame de las crueldades de los impíos!».

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Re: El Profeta Moisés

Mensaje  orgullosadeldin el Mar Abr 22, 2008 11:19 am

Al salir de Egipto, Moisés no pudo cambiarse de ropa ni tomar comida consigo, se puso en camino sin preparar nada para un viaje. Además, no tenía un caballo y no había una caravana que viajara al desierto. El camino era muy largo y el desierto era despiadado.
Un hombre andaba solo a campo abierto. Las calientes arenas del desierto quemaban sus pies y ardía de calor. Iba hacia la ciudad de Madián. Tenía hambre y sed pero era fuerte y paciente. Confiaba en Dios.
Quizá ando un mes, tres meses o seis. ¡Quién sabe! Por fin, apareció la ciudad de Madián.
Se sentó en la sombra, al lado de un pozo en el que la gente daba agua a sus rebaños, para descansar un rato. Durante el camino, no había comido nada más que las hojas de los árboles y había tomado el agua de los pozos en el desierto. Había andado sin cesar para que los soldados de Faraón no le detuvieran. Al llegar a Madián se tranquilizó y se sentó bajo la sombra de un árbol. Allí podría descansar y quitarse un poco las preocupaciones de la cabeza.
Tenía hambre y estaba muy cansado. Se le habían roto las sandalias por la arena, las piedras y las espinas y no tenía dinero para comprarse un nuevo calzado ni para comer.
Moisés recordó que tenía sed cuando vio a los pastores que se reunieron alrededor del pozo para abrevar a sus rebaños. Se dijo:
— Como no tengo dinero para comer, tengo que tomar este agua hasta saciarme.
Caminó en dirección al agua. De repente, vio dos chicas que intentaban separar su rebaño de los otros rebaños.
Con una inspiración en el corazón, comprendió que las chicas necesitaban ayuda. Se les acercó con decencia olvidando la sed y les preguntó si necesitaban ayuda. La mayor dijo:
— Esperamos a que los otros pastores terminen.
Moisés les preguntó:
— ¿Por qué no os acercáis al pozo y dais de beber a vuestro rebaño?
La menor de las chicas dijo:
— No podemos abrevar el rebaño mientras estos pastores no se lleven los suyos.
Moisés se sorprendió mucho al ver dos chicas pastoras. Para ser pastor, ser un hombre era una condición muy importante ya que es un trabajo muy duro. La chica pequeña entendió que Moisés se sorprendió y dijo:
— Tenemos padre pero él es muy viejo. Cada día no puede venir con nosotras por eso estamos solas.
Moisés le dijo:
— Hoy haré lo que tenéis que hacer. Abrevaré los rebaños.
Cuando Moisés se acercó al pozo, vio que los pastores cerraron el pozo con una roca grande. Solamente diez hombres fuertes podían moverlo. Moisés era un hombre muy fuerte, levantó la roca de una vez y la dejó a un lado. Abrió el pozo de nuevo. Después de abrevar los rebaños, levantó la roca, la colocó a la entrada del pozo y se sentó de nuevo en la sombra del árbol.
En ese momento recordó su sed. Además, tenía tanta hambre que no podía soportar más. Se refugió en el Único Dueño de todas las criaturas y el Protector de los desamparados, abrió las manos y rezó:
— ¡Señor Mío! ¡Ayúdame! ¡Me hace mucha falta cualquier bien que quieras hacerme!
Cuando las dos chicas regresaron junto a su padre, él les preguntó:
— ¿Por qué habéis regresado temprano?
La chica mayor respondió:
— Hoy Dios nos ha concedido un favor. Nos hemos encontrado a un hombre. Él nos ha ayudado abrevando los rebaños antes de todos.
·El padre dijo:
— ¡Gracias a Dios!
La chica pequeña señaló:
— Padre mío, supongo que el hombre es un viajero y viene de lejos. Tenía hambre. Parecía muy fuerte pero estaba pálido.
Entonces su padre dijo:
— Vete y dile que mi padre te llama para retribuirle por habernos ayudado con el rebaño.
La chica corrió al lugar en el que estaba Moisés. El corazón le daba saltos de la emoción.
Moisés le sonrió y se levantó cuando la chica transmitió el mensaje de su padre. Él no había abrevado los rebaños para que le ofrecieran una recompensa, sino por Dios. Sin embargo, intuía que la Voluntad Divina le conducía. No se opuso, se levantó y se puso en camino hacia la casa tras la chica.
De repente, sopló un viento que levantó un poco la falda de la chica. Moisés giró la cabeza hacia otro lado, se puso colorado de vergüenza y dijo a la chica:
— Permíteme ir delante de ti y tú me guías.
Por fin, llegaron a la casa del hombre viejo. Cuando se encontraron los dos hombres, los ojos de Suayb le brillaron. Vio un brillo misterioso en los ojos del joven. Suayb le preguntó:
— ¡Bienvenido seas! ¿Cómo te llamas?
— Moisés.
Suayb le sonrió e hizo una reverencia con la cabeza. Dijo:
— ¡Has honrado a mi casa!
Suayb le ofreció comida, preguntó de dónde venía y a dónde iba. Moisés le contó toda la historia. Suayb le dijo:
— ¡No temas! Aquí estás a salvo del Faraón y de sus soldados. Estas tierras no pertenecen al Faraón. Además, es imposible que te encuentren aquí. ¡Tranquilízate!
Moisés se tranquilizó. Le agradó mucho al hombre que le dio comida. Hablaba con sabiduría, le trataba de manera íntima y tenía la luz de la obediencia a Dios en su cara. Cuando Moisés pidió permiso para salir, la chica pequeña dijo a su padre:
— ¡Padre mío! Buscabas a un hombre para que haga las tareas. Dale empleo a Moisés. No podrás emplear a nadie mejor que este hombre. Es muy fuerte y de confianza.
— ¿Cómo sabes que es fuerte?
— Levantó una roca que diez hombres no podrían levantar.
— ¿Y como sabes que es de confianza?
— No quiso andar detrás de mí. Caminó delante para no verme por detrás. Además, cuando hablo con él, se pone colorado de vergüenza, me responde sin levantar los ojos.
Suayb dijo a Moisés:
— ¡Moisés! Te hago una oferta. A condición de que trabajes para mí y cuides mis rebaños durante ocho años, te casarás con una de mis hijas. Si lo prolongas hasta diez, eso será de tu generosidad. No quiero coaccionarte queriendo más. Si lo aceptas, verás que soy de los piadosos.
Moisés sonrió. Eso podía ser una oferta de Dios. Lo aceptó sin vacilar y dijo:
— ¡Trato hecho! Soy libre de irme después de trabajar ocho o diez años para ti y Dios ve lo que hagamos.
Moisés se casó con la chica menor. Fue el pastor de los rebaños de Suayb. Cada día, tomaba las ovejas y miraba al amanecer fascinante y regresaba al anochecer.
Ese periodo de diez años fue muy importante en la vida de Moisés. Para Moisés, pasaron los años pensando en Dios, la misericordia de Dios, Sus beneficios, Su Grandeza y Su Generosidad. Aprendía las lecciones de Suayb sobre la sabiduría. Dios había enviado a Moisés con Suayb por un motivo oculto. Suayb era un Profeta también. Un Profeta daba lecciones al otro. El Profeta Suayb le dio a Moisés el conocimiento divino y Él fue un obediente con todo su corazón.
Por fin, llegó la hora de marcharse. Moisés dijo a su esposa:
— Mañana regresamos a Egipto.
De verdad que él no podía comprender el secreto de su deseo de regresar a Egipto. Sabía tan sólo una cosa: tenía que ir a Egipto.
Hacía diez años que había abandonado precipitadamente Egipto y logró salvar su vida. ¿Por qué regresaba ahora? ¿La añoranza que sentía por su familia era la única causa? ¿O quería ver a la esposa de Faraón, Asiyah que le había criado a Moisés como si fuera su madre?
Nadie sabía el secreto del deseo de Moisés de volver a Egipto. Lo que sabían es que él decidió regresar a Egipto y se puso en camino. La verdad es que la sabiduría divina le mandaba allí para que hiciera una tarea muy importante y difícil.
Moisés estaba en camino hacia Egipto. Era invierno y hacía mucho frío. Una noche, el cielo estaba cubierto de nubes oscuras y la Luna se escondió detrás de las nubes. Los relampagos se sucedían sin cesar y llovía a cántaros. En las tinieblas de la noche, no se veía el camino. Tenían muchísimo frío. Moisés se perdió con su familia en el desierto del Sinaí. Tras la lluvia, se desencadenó la tormenta de arena.
 Ir en contra del viento era muy difícil por lo que Moisés cogió dos pedernales del suelo e intentó hacer fuego golpeándolos. Si pudiera hacer fuego podrían calentarse y encontrarían el camino. Pero era imposible porque soplaba un viento helado y apagaba las chispas que salían de los pedernales.
Moisés no sabía qué hacer. Sus hijos y su esposa temblaban del frío ante sus ojos. Levantó la cabeza y miró hacia el horizonte. Buscaba algo; una esperanza, una luz. Buscaba la ayuda de la Misericordia Eterna que acude a socorrer a los que la necesitan.
Vio un fuego a lo lejos. Se levantó de alegría y dijo a su familia:
— ¡Vi un fuego allá!—y se puso en camino hacia el fuego. Dijo a su familia que no se fueran hasta que él regresara. Al llegar, preguntaría a los dueños del fuego en dónde se encontraban, cuál era el camino hacia Egipto y llevaría el fuego a su familia para que se calentara.
Su familia miró hacia la dirección que Moisés enseñó pero no pudieron ver fuego ni humo. A pesar de eso, obedecieron la orden de Moisés y esperaron allí.
Moisés empezó a correr para calentarse el cuerpo. Recordó los años pasados, mientras abandonaba Egipto, había pasado por el desierto del Sinaí. En esos tiempos, el desierto y el cielo le quemaban y ahora hacía frío. Llevaba su bastón en la mano izquierda. Estaba calado hasta las huesos. Caminava hacia el fuego que había visto a lo lejos. Al acercarse a la luz, ésta era más intensa. Caminaba hasta el valle de Tuwa.
El valle era un lugar muy extraño. Allí, no hacía frío, no llovía ni había tormentas de arena. Además, había un silencio sepulcral. Cuando Moisés llegó a la fuente de la luz, oyó una voz que hacía eco en los alrededores:
— ¡Bendito sea el lugar del fuego y quien está en torno a él! ¡Gloria a Dios, Señor del Universo! ¡Él es el Magnífico!
Moisés se quedó petrificado al oír la voz. Todo su cuerpo estaba temblando. La voz producía un eco en los alrededores. Miró al fuego otra vez y se asustó más. Había un árbol verde en el fuego. Al inflamarse el fuego, las hojas del árbol se volvían más verdes. Tendría que arder y convertirse en ceniza pero ese árbol era diferente.
Moisés estaba temblando a pesar del calor y de sudar copiosamente. El árbol estaba en la parte oeste del monte. Una luz muy fuerte luminaba todos los alrededores. Deslumbraba los ojos; entonces, Moisés no pudo aguantar más y se tapó la cara con las manos. Se dijo: «¿Es una luz o un fuego que rodea los alrededores?»
De repente, el suelo empezó a temblar horriblemente porque hablaba Dios el Creador del universo:
— ¡Moisés!
Moisés levantó los ojos y sólo dijo:
— ¡Sí!
— ¡Yo soy tu Señor!
— ¡Sí, eres mi Señor!
— ¡Descálzate y quítate las sandalias! ¡Estás en el valle sagrado de Tuwa!
Moisés se postró con mucho respeto y se quitó las sandalias. Dios le dijo así:
— Ya eres Mí Mensajero. Entonces, escucha pues la revelación con atención. Yo soy Dios. No hay más dios que Yo. Por tanto, venérame únicamente a Mí. Llegará la hora de la Resurrección. Pero eso es algo que sólo Yo conozco. Os lo digo para que cada hombre sepa que será castigado por sus acciones erróneas. Los que no creen en la Resurrección que no te disuadan de  predicar la palabra de Dios. Quizá serás de los castigados.
Mientras escuchaba la revelación, el cuerpo de Moisés estaba temblando. Dios el Misericordioso le preguntó:
— ¿Qué es eso que tienes en la mano?
Moisés tenía la voz tomada. El que estaba hablando con Él era Dios y Dios sabía bien que lo que estaba en la mano de Moisés era un bastón porque Él es el Omnisciente, sabe todas las cosas verdaderas y posibles. Entonces, ¿por qué preguntaba esto? Es cierto que había una razón oculta. Moisés dijo con una voz temblorosa:
— Es mi bastón. Me apoyo en mi bastón, sacudo hojas de los árboles para las ovejas e incluso lo empleo para más tareas.
— Déjalo en el suelo.
Al dejarlo en el suelo estaba confundido y sorprendido porque el bastón se convirtió en una serpiente enroscada sobre si misma. El corazón le latía aceleradamente y temblaba. No pudo aguantar más e intentó huir. En ese momento Dios le dijo así:
— ¡Moisés! ¡No temas! ¡Los Profetas no tienen miedo! ¡Acércate y tranquilízate! ¡Estás a salvo ante Mí!
Moisés se paró, volvió y miró atrás. El bastón seguía moviéndose. Dios dijo a Moisés:
— ¡Cógelo! ¡No temas! ¡Lo transformaré otra vez!
Los dedos de Moisés estaban temblando cuando alargó la mano para coger la serpiente. Al tocarlo, se transformó en un bastón en seguida. Dios le ordenó así:
— ¡Introduce la mano en la escotadura de tu túnica! Verás otro milagro más. La verás lisa y brillante...
Moisés metió la mano en la abertura de su túnica y al sacarla vio que brillaba como la Luna llena en la oscuridad. Ante tales hechos, el corazón le daba saltos de emoción. Hizo como mandó Dios. Al poner la mano sobre el corazón, perdió el miedo y se tranquilizó.
Cuando Moisés se tranquilizó y volvió en sí, Dios le mandó que fuera a Egipto y llamara a la gente a creer en Dios. Sin embargo, al hacerlo, tendría que ser muy tolerante sin enfadarse con ellos. Además, sacaría a los israelitas de Egipto. Para probar que era un Profeta enviado por Dios, mostraría al Faraón esos dos milagros antes descritos.
Moisés se sobresaltó un momento al oír el nombre del Faraón. Moisés había matado a uno de sus parientes que ocupaba un cargo de mucha responsabilidad. Buscaban a Moisés para ejecutarle. Moisés suplicó a Dios que encargara a su hermano Aarón para que le ayudase. Dios aceptó la súplica de Moisés, le dijo que estaba siempre con ellos y era el Omnisciente. Dios se le reveló también a Aarón, que estaba en Egipto en ese momento y lo nombró un Profeta también. Se enfrentarían con el gran soberano de su tiempo, algo que no era fácil. Dios hizo que la tranquilidad se asentara en sus almas. El Faraón no podría hacerles daño a pesar de sus crueldades porque el Único Soberano era Dios.
Moisés lo escuchó con mucha atención. Luego, abrió las manos y rezó con toda su alma «¡Señor Mío! ¡Infúndeme ánimo! ¡Facilítame la tarea! ¡Desata el nudo de mi lengua!»

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Re: El Profeta Moisés

Mensaje  orgullosadeldin el Mar Abr 22, 2008 11:20 am

El Profeta Moisés regresó con su familia. Ya era un Profeta. Era un miembro de la caravana de la Luz Divina, como sus padres Abraham, Noé, Ismael, Jacob y el resto de Profetas.
Habían transcurrido muchos años pero no había cambiado nada. ¿Como podía haber cambiado? Las falsedades permanecían y no había nadie que las curara. Cuando los israelitas oyeron que el Profeta Moisés había regresado a Egipto, lo recibieron como un salvador. Moisés no era como ellos. Ellos querían este mundo más que el otro. El número de israelitas era de aproximadamente seiscientas mil personas pero no habían hecho nada en contra de las crueldades del Faraón. Habían preferido vivir vilmente a morir valientemente. Moisés era un honrado Mensajero de Dios. No obedecía a nadie sino a Dios. No temía a nadie aún en el caso de que le atacara todo el mundo.
Los Profetas Moisés y Aarón fueron al palacio del Faraón. Dios les había encargado que llamaran al Faraón al recto camino con la sabiduría y haciendo sugerencias. El Faraón se sorprendió cuando vio a Moisés. Podía matarlo enseguida pero pensó que podía vencerlo con intrigas políticas. Le preguntó a Moisés:
— ¿Qué quieres Moisés?
— Somos Mensajeros de tu Señor. ¡Deja de atormentar a los ciudadanos israelitas! Déjanos llevarlos a la Tierra Prometida que era su antiguo país.
— ¿No eres aquel Moisés que habíamos criado en nuestro palacio?
El Faraón esperaba que lo agradeciera. Pero Moisés era muy perspicaz porque era un Profeta y dijo:
— Si no hubieras sido cruel y no los hubieras atemorizado ni matado a sus hijos, yo me habría criado con mi familia. Tuve que ocultar mi relación familiar. Vivir en tu palacio no era un beneficio sino una pena.
El Faraón se tragó sus palabras pero seguía imperturbable. Quería desprestigiar a Moisés ante los ojos de todo el mundo. Dijo así:
— Incluso, mataste a un hombre y huiste de Egipto, ¿acaso lo olvidaste?
Moisés era valiente. Hablaba con voz clara y no estaba temblando. Sus palabras eran muy eficaces, claras y llenas de sabiduría. Le dijo:
— En ese momento, era joven y además, inocente. Me matarías antes de probar mi inocencia en este país lleno de opresión. Entonces, tuve que dejar mi querida patria e irme al extranjero. Luego, Mi Señor me dio ciencia, sabiduría y me hizo Su Profeta. Yo soy el Mensajero del Señor del Universo.
— ¿Quién es el Señor del Universo?
— Él es el Señor de todos los de la Tierra y de los cielos. ¿Cómo puedes negar creer en Él siendo así que todo es una prueba de su existencia?
El Faraón miró a su alrededor y dijo:
— ¿Habéis oído lo que ha dicho?
El Profeta Moisés seguía hablando:
— Es vuestro Señor y el de vuestros padres.
El Faraón, burlándose, dijo a su alrededor:
— Vuestro Profeta está loco. Un loco es asunto vuestro. ····
El Profeta Moisés siguió hablando en serio:
— Él es el Señor del Oriente, del Occidente, de lo que está entre ambos y de todo lo que nos rodea. Si podéis usar la razón, entenderéis.
El Faraón pensaba que podía vencerlo insultándole pero las palabras perfectas cuales perlas de Moisés probaban que él era la persona más inteligente del mundo. Entonces, el Faraón habló de la pobreza de Moisés:
— ¡Mirad la pobreza de este hombre que quiere que obedezca a su Señor! ¿Cómo puedes tener el coraje de venerar a otro dios? ¿Hay otro dios más que yo en el Universo?
El Profeta Moisés se le sonrió y dijo:
— Quizás si te muestro un milagro...
— Si lo dices de veras, muéstrame entonces dicho milagro que lo veamos¼
Moisés tiró su bastón en el salón grande del palacio y el milagro se hizo real. El Faraón abrió los ojos como platos con asombro. El bastón del Profeta Moisés se convirtió en una serpiente enorme enrollándose sobre si misma. El Faraón se quedó estupefacto al ver la serpiente.
En ese momento, Moisés metió la mano en la escotadura de su vestido y la sacó. Era blanca y brillaba tanto como un Sol, siendo así que las luces de las lámparas y de las velas del palacio palidecieron. El Faraón se puso amarillo. Había un silencio sepulcral en el palacio. La multitud en el salón se conmovió y se quedó muda de asombro con los milagros del Profeta Moisés.
Ante los ojos de todo el mundo, Moisés alargó la mano para coger la serpiente. Al tocarla, se transformó en un bastón. Cuando metió la mano brillante en la abertura de su traje, la mano tornó a la normalidad. El Profeta Moisés se volvió atrás y salió del palacio ante las miradas llenas de asombro. El Faraón se quedó helado... Temblaba temeroso.
La noticia fue divulgada rápidamente por todo Egipto. Todo el mundo hablaba de Moisés y Aarón. La gente contaba la historia de la visita de Moisés y Aarón al palacio del Faraón para que creyera en Dios y la negación, la grosería y la idiotez del Faraón así como los milagros. Todo el mundo hablaba del bastón de Moisés que se convirtió en una serpiente enorme y el brillo de la mano como un Sol. El Faraón se quedó asombrado y no pudo decir nada. Dos Profetas vencieron al soberano más grande de esa época.
La noticia se extendió por todas las ciudades de Egipto. La gente se contaba lo sucedido los unos a los otros. El Faraón estaba a punto de perder el control del orden público y su prestigio. Sin embargo, era como un dios para su pueblo. Sin perder tiempo, el Faraón se reunió con sus burócratas y mandó que remediaran la situación.
La lucha de Moisés había empezado cuando se enfrentaron en el palacio. Moisés sabía que no creería fácilmente porque él aseveraba que era un dios y los egipcios le adoraban. Era muy duro, despiadado y grosero. Explotaba a su gente. Hasta ese día todo iba bien como él quería pero sin embargo, Moisés vino y quería destronarle. Hacía muchos años que los adivinos habían informado al Faraón acerca de ese hombre.
Esencialmente, Moisés decía que existía el Creador del universo y que era Dios. Él era el Único y no había más dios que Él. Es decir, el Faraón era un mentiroso porque decía a todo el mundo que él era el dios más grande. El Faraón se reunió con los dignatarios del Imperio y preguntó a su visir Hamán:
— Dime Haman, ¿soy un mentiroso?
Hamán se postró ante el Faraón como un gran hipócrita y le respondió:
— ¡Señor mío! ¿Quién lo dice?
— Moisés. Dice que hay otro dios.
— ¡Moisés es mentiroso, señor mío!
— Seguro que es un mentiroso. Sin embargo, quiero que construyas una torre para subir al cielo. Quizá pueda ver si existe el dios de Moisés o no. La verdad es que no hay ni sombra de duda sobre la falsedad de Moisés.
Hamán sabía bien cómo construir una torre que alcanzara hasta las profundidades del espacio. Sin embargo, era un hipócrita profesional. Le dijo al Faraón:
— No se puede ver nada ni siquiera que alcance al cielo porque no hay más dios que tú en el Universo.·
El Faraón dijo los visires, a los adivinos y a los comandantes en la reunión:
— ¡No conozco a otro dios que yo para vosotros!
Ellos aceptaron que el Faraón era un dios y se postraron ante él. Entre ellos había algunos inteligentes. Sabían bien que el Faraón era un mentiroso y a pesar de ello, se callaron. Sin embargo, la gente de Egipto pagó caro su silencio. Los soldados lo pagaron con creces muriendo por la hipocresía de los comandantes, los adivinos y los visires.
El Faraón dijo a sus consejeros:
— ¿Qué pensáis de Moisés?
Los consejeros se callaron de temor y por hipocresía. El Faraón hablaría y ellos repetirían como los loros y de este modo dijo:
— No tengo ninguna duda de que Moisés es un mago sabio. Quiere haceros abandonar vuestras tierras haciendo magia. ¿Qué pensáis acerca de esto?
Los consejeros ya sabían lo que tenían que decir: «Nuestro altísimo Señor dice la verdad, Moisés es un mago. Resolveremos el problema, mandaremos mensajeros a todas las partes del país y convocaremos a los mejores magos del país. Los magos se enfrentarán con Moisés, probarán que es sólo un mago mentiroso y lo vencerán. Así, todo el mundo verá que es un mentiroso».
La decisión de la reunión histórica fue ésta. Diez hombres montaron sus caballos y salieron del palacio con el fin de llamar a los magos. Al día siguiente, esos gritos se repetían en las calles de Egipto:
— ¡Nuestro Señor el Faraón llama a todos los magos maestros del país para hablar de un asunto muy importante!
Entretanto, el Faraón llamó a Moisés al palacio e intentó asustarle amenazándole pero no pudo porque Moisés no temía a nadie más que Dios. El Faraón no podía matar a Moisés, si lo mataba todo el mundo pensaría que el Faraón intentaba ocultar su derrota y se desprestigiaría como un dios ante los egipcios. Además, no quería que Moisés se convirtiera en una leyenda. Sin embargo, podía atormentar a alguien. Era la Reina Asiyah, la madre adoptiva de Moisés. Al oír que Moisés era un Profeta, Asiyah aceptó su doctrina y defendió a Moisés contra el Faraón. Sin embargo, el Faraón no pudo aguantar tal situación, envió a la cárcel a su mujer y la hizo sufrir. Un día Asiyah suplicó a Dios:
— ¡Señor Mío! ¡Proporcióname un hogar en el paraíso! ¡Protégeme de las maldades del Faraón y su nación!
Dios aceptó el deseo de Asiyah y se la llevo, pasando a la mejor vida.
 
 
Un día Nuestro Profeta Muhammad (Dios le bendiga y le de salvación) estaba hablando con los sahabíes. Cuando hablaban de Asiyah el Profeta Muhammad dijo: «Las Mujeres más Santas del mundo son cuatro: La primera es María, la segunda Jadiya, la tercera Fátima y la cuarta es Asiyah».
 
 
Empezaba la lucha del bien y del mal de nuevo. El Faraón dijo a Moisés:
— ¡Moisés! Eres un mago. No eres un Profeta. Te voy a avergonzar ante los ojos de todo el mundo y te declararé mentiroso. Dentro de unos días vendrán magos y hechiceros del país y competirás con ellos.
El Profeta Moisés le preguntó:
— ¿Cuándo nos enfrentaremos?
— El día de fiesta, el día de celebración de la llegada de la primavera en el que corren por todas partes los frescos vientos que portan agradables olores y se adorna la tierra con miles de bellezas florales.
— De acuerdo
— ¿A qué hora?
— Si Dios quiere vendré por la mañana. Además, quiero que vengan todos los egipcios para contemplar la pugna.
El Faraón así lo quería también. Moisés se fue contento con lo sucedido. El día de festival era una buena oportunidad para que la luz venciera a la oscuridad.
Los magos vinieron desde todos los rincones de Egipto al palacio del Faraón. Éste mandó que trajeran ante él a todos los magos. Al salir ante el Faraón, los magos se postraron. Después de mandarles que se levantasen, empezó a andar de manera vanidosa entre ellos. De repente, se paró y les dijo:
— Tenemos un problema y he llamado para que lo resolvierais.
Los magos inclinaron las cabezas y siguieron escuchándole:
— Hay un hombre que asevera que es un profeta. Se llama Moisés. Trabaja con su hermano Aarón. En una palabra, es un mago, un mago sabio. Quiero que probéis que sois superiores a él. Quiero que lo venzáis. Quiero que lo pongáis en ridículo de modo que no le quede honor alguno para mostrarse ante la gente.
Los magos siguieron escuchándole con las cabezas inclinadas:
— ¿Por qué ninguno de vosotros me pregunta qué tipo de magias hace él?
Uno de ellos le dijo con la voz baja y temblorosa:
— Esperamos que Nuestro Señor nos cuente y no queremos interrumpir cuando está hablando.
El Faraón gritó con enfado:
— Cuando tira su bastón al suelo, se convierte en una serpiente enorme. Su mano es como un Sol al sacarla después de meter la mano en la escotadura de su túnica.
Los ojos de los magos brillaron insidiosamente. Uno de ellos se adelantó y dijo:
— Queremos que se tranquilice Nuestro Señor. Es una magia muy antigua. La verdad es que el bastón no se convierte en una serpiente pero aunque en realidad no se mueve el bastón, a la gente le parece que si.
El Faraón gritó:
— No discuto los detalles de la magia. Sólo quiero que venzáis a Moisés. La competición es el día del festival primaveral. Todos los egipcios vendrán a ver cómo lo vencéis. ¡Tenéis que derrotarlo!
Después de terminar sus palabras, esperó a que los magos salieran del salón pero no lo hicieron así. Uno de ellos dijo:
— Nuestro Señor no ha hablado del asunto más importante.
— ¿Cuál es ese asunto?
— El premio que nos dará Nuestro Señor, si vencemos a Moisés.
El Faraón dijo sonriéndo para sí:
— Quedaré muy contento. No os separaré del palacio. Se prepararán habitaciones para vosotros en el palacio. No os preocupéis por el premio, será de vuestro agrado.
El Faraón se complació al ver que los magos tenían mucha confianza en sí mismos. Después de mandarles salir del salón fue al comedor ya que le entro hambre. Comía a dos carrillos y al tragar una parte de carne grasosa, dijo:
— La llegada de Moisés me había quitado el apetito. Pronto, solucionaré su caso.
Y llegó el día de festival.
Los egipcios hablaban tan solo de la competición entre Moisés y el Faraón. Desde primeras horas de la mañana, la gente se aglomeraba en el centro de la ciudad para contemplar la pugna. No había nadie que no hubiera oído acerca de la competición.
Cuando los magos vinieron a la plaza, la gente les aplaudió. Al llegar el Faraón, la gente hizo lo mismo. Sin embargo, cuando los Profetas Moisés y Aarón vinieron, se hizo un silencio sepulcral.
El lugar era muy amplio. No había ninguna sombra para que se protegiera la gente del Sol. El Faraón estaba sentando en la sombra fresca de una tienda pequeña, llevaba un traje adornado con oro y diamantes y le rodeaban sus comandantes y los soldados armados de gran corpulencia.
El Profeta Moisés estaba sentado en un rincón y rezaba sinceramente. De repente se callaron todos. Los magos se acercaron a Moisés y le preguntaron:
— ¿Quién comenzará primero, arrojando lo que tiene en la mano?
— ¡Vosotros!
Cuando los magos tiraron los palos y las cuerdas que llevaban en la mano, aparecieron muchas serpientes en la plaza. Todos se movían y enrollaban. La verdad es que era sólo una ilusión óptica, un truco hábil. Al ver las serpientes la gente se asustó mucho. Luego, los espectadores aplaudieron entusiasmados a los magos.
El Faraón estaba muy contento al ver los sucesos y sonreía a hurtadillas. Se dijo «Ya está próximo el fin de Moisés. Su milagro era el bastón convertido en una serpiente. ¡He aquí el poder del Faraón! ¡Muchísimos palos convertidos en serpientes!

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Re: El Profeta Moisés

Mensaje  orgullosadeldin el Mar Abr 22, 2008 11:20 am

Cuando Moisés vio las serpientes de los magos, un escalofrío le recorrió el corazón. Estaba de mal humor, como si hubieran apagado la luz de una habitación iluminada por unos segundos, como un relámpago.
Moisés sintió algo así en el corazón. Sin embargo, nadie puede saber completamente lo que había pensado Moisés cuando estaba ante la gran multitud, el Faraón y los soldados que le rodeaban. Era, sin duda, una situación muy difícil. Sin embargo, pronto se encendió la luz en el corazón de Moisés. Dios le inspiró así:
— ¡No temas! Eres el superior. Cuando tiras el bastón al suelo, tragará sus serpientes porque lo suyo es magia, no es un hecho real. Es una ilusión óptica. Lo que tú posees es la verdad. La magia nunca puede vencer la verdad.
La Revelación lo tranquilizó. Ya no temblaban sus manos.
Levantó su bastón y lo tiró al centro de la plaza...
Cuando el bastón cayó al suelo el milagro magnífico se hizo real. La gente de la plaza, el Faraón y sus soldados vieron un panorama que nunca habían visto. La magia es una ilusión óptica; la gente cree que las cosas se están moviendo pero no es cierto. Los palos de los magos no se movían pero la gente creía que se estaban moviendo.
Sin embargo, el suceso en la plaza era increíble y horrible.
Al caer al suelo, el bastón de Moisés se convirtió en una serpiente enorme. La serpiente atacó a las cuerdas y los palos de los magos y empezó a tragarlos. Después de unos minutos la plaza estaba vacía. Las cuerdas y los palos de los magos desaparecieron.
Después de finalizar todo, la serpiente fue hacia Moisés. Moisés la tocó y la serpiente se convirtió en un bastón de nuevo.
Los magos comprendieron que aquel hombre con el cual competían no era un mago como ellos porque se suponía que ellos eran los maestros de la magia. Eran los más diestros magos de su tiempo. Sabían bien cuál era la magia y cuál el verdadero poder. La de Moisés no podía ser una magia. Sólo podía ser un milagro divino. Ante los ojos de todos, los magos se postraron y dijeron:
— Hemos creído en Dios que creó todo de la nada.
La muchedumbre fue testigo de que los magos mostraron su obediencia a Dios. El Faraón comprendió que perdía el control, se levantó y gritó a los magos:
— ¿Cómo podéis creer a Moisés antes de que yo os lo permita?
Los magos le respondieron:
— ¡No necesitamos que alguien nos permita obedecer a Dios!
El Faraón estaba tan indignado que echaba fuego por los ojos y temblaba su voz. Dijo:
— ¡Es una conspiración! ¡Estáis confabulados contra mí! Veo que Moisés es vuestro líder, él os enseñó la magia. Entonces, amputaré vuestras manos y pies opuestos. Seréis de las palmeras. Entonces veréis qué es la revelación y quién es el superior.
Los magos tenían corazones llenos de fe en Dios y le respondieron sin ningún temor:
— ¡Haz lo que quieras! No podemos abandonar a Moisés después de haber visto el milagro. Hemos creído en Dios y esperamos que nos perdone nuestros errores. Dios es el Supremo. Es el Eterno. En realidad, aunque nos hagas sufrir, sólo puedes destruir nuestro mundo material. Este mundo es mortal, ¿y eso qué importancia tiene? El otro mundo es eterno. Solamente queremos que nos perdone y nos envié· al Paraíso.
El Faraón estaba furioso. Mandó que ejecutaran a los magos inmediatamente. Toda la gente de la plaza les miraba. La verdad estaba ante sus ojos pero la gente sólo miraba. Si cada uno de los egipcios o de los israelitas hubiera cogido una piedra y la hubieran tirado al Faraón, él hubiera muerto allí y la Historia de los egipcios habría cambiado. Pero ninguno de ellos hizo nada y luego la gente de Egipto lo pagó muy caro. Los hijos de los egipcios pagaron la cobardía de un día con sus vidas.
Cayó el telón y acabó el día terrible. El Profeta Moisés y el Profeta Aarón se reunieron con los creyentes y el Faraón se puso en camino hacia su palacio.
Pasaron los días. Moisés mostraba milagros pero el Faraón insistía en no aceptarlos. Por fin, una noche Dios mandó a Moisés que pasara al otro lado del Mar Rojo con los creyentes. El lugar de destino era las tierras palestinas que eran su patria. El Profeta Moisés empezó a trabajar para poner en la práctica la orden divina.
Cuando oyó la noticia de la ida de Moisés de Egipto, el Faraón dio la orden para que se formara un gran ejército en todo el país. Salió ante sus soldados y dijo:
— Los fugitivos me han hecho enfurecer y me han deshonrado. ¡Los detendremos y los derrotaremos!
Aunque la gente sabía bien que era un mentiroso se mantuvieron en silencio. El Faraón comandó el ejército de miles de soldados y empezó el seguimiento.
Moisés llegó a la costa del Mar Rojo. Se podían ver las banderas y estandartes del ejército del Faraón. Los israelitas que huían con Moisés se asustaban. Todos dijeron:
— ¡El Faraón nos atrapará!
Moisés les dijo:
— No. Mi Señor está conmigo. Él me guiará.
Eran momentos difíciles. El mar estaba delante y el enemigo atrás. No tenían armas ni poderes para luchar. En ese momento, Dios inspiró a Moisés:
— ¡Golpea el mar con el bastón!
Cuando el bastón tocó el agua, el Mar Rojo se dividió inmediatamente y se abrió un camino seco que estaba resguardado, a la derecha y a la izquierda, por olas enormes.
Moisés y los israelitas empezaron a marchar por el camino abierto en el mar. Era un milagro magnífico. Había mucho oleaje pero al llegar al camino se tranquilizaban como si una mano tranquilizara las olas.
Por fin, Moisés logró pasar con su gente al otro lado del Mar Rojo.
Al llegar al mar, el Faraón se quedó asombrado. Estaba ante otro milagro: un camino seco que cruzaba el mar. Se asustó pero estaba vencido por la obstinación y la ira y dio la orden·de marchar adelante a los caballos de su carruaje.
El Faraón y sus soldados empezaron adelantarse en el camino abierto en el mar. Cuando el ejército llegó a la mitad del mar, Dios mandó que el mar volviera a su estado anterior. Entonces, el agua del Mar Rojo cubrió al Faraón y su ejército. Se hizo un silencio sepulcral. No había ni huella del Faraón ni de sus soldados. La incredulidad fue derrotada y la fe resultó como vencedora.
Cayó el telón y terminó una época faraónica.
Después de unos miles de años, las olas trajeron el cadáver del Faraón a la costa para que así la gente comprendiera cómo había muerto el Faraón que aseveraba que era un dios y aprendieran de este modo la lección. El Faraón, al que en vida nadie pudo oponerse, murió como un pobre desgraciado.
El Profeta Moisés avanzaba por el desierto de Sinaí. Allí, la Torá fue revelada a Moisés por Dios y los Diez Mandamientos que son los versículos dictados por Dios para llamar a la gente a creer, a ser veraz y ser sinceros.
Pero los israelitas estaban moralmente deteriorados. A pesar de todos los milagros que habían visto con sus ojos, cuando Moisés se marcho durante un corto periodo de tiempo a recoger la Torá, los israelitas elaboraron un becerro de oro y lo adoraron. Los israelitas hicieron sufrir mucho a Moisés.
A pesar de todo, Moisés estuvo con ellos hasta su última exhalación, les mostró el recto camino de Dios y les sugirió venerar nada más que Dios.

[1] Es nombrado en el Corán como «Musa».

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