El Profeta Uzayr

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El Profeta Uzayr

Mensaje  orgullosadeldin el Mar Abr 22, 2008 11:25 am

El Profeta Uzayr

Era un día de calor sofocante. El pueblo de Uzayr vivía uno de los apacibles días de verano. Uzayr pensó que su huerto estaba a punto de secarse por la sequía. El huerto estaba lejos del pueblo y en el camino que iba hacia allí antes había una ciudad ostentosa que se había arruinado a causa de un desastre y dio lugar a un cementerio.
Uzayr pensaba que los árboles sufrían por la sequía y decidió regarlos. Él era un profeta enviado a los israelitas. Era una persona sabia. Al mediodía montó en su asno y se puso en camino. Al llegar al huerto vio que los árboles se habían vuelto amarillos y la tierra estaba seca. Regó el huerto y recogió uvas e higos. Los puso en su cesta y volvió a su pueblo.
En el camino pensaba en lo que tenía que hacer al día siguiente. Antes que nada iba a sacar el Antiguo Testamento de donde lo guardaba y lo iba poner en el templo. El día anterior los enemigos habían atacado el pueblo para obtener el Libro, ¡cuánto se había esforzado su gente para protegerlo! Los enemigos querían atraparlo. Se acordó de su hijo, de su agradable sonrisa. Estaba impaciente por abrazarlo y darle besos en sus mejillas.
El calor era insoportable. El asno estaba cansado y el sudor le empapaba por completo. Tanto que parecía estar mojado en un río. Cuando llegaron al cementerio el asno aflojó el paso. Uzayr se dijo «no estará mal si descanso un poco, así el pobre animal también descansa mientras yo almuerzo».
Uzayr se paró cerca de una casa arruinada y bajó del animal. Todo el pueblo entero estaba en ruinas. Sacó un plato de su alforja y se sentó en la sombra. Sacó dos racimos de uva y los exprimió en el plato. Después echó trocitos de pan viejo. Se apoyó contra una pared, extendió las piernas y empezó a esperar a que se secaran los trocitos de pan. Mientras tanto contemplaba el paisaje.
Había un silencio sepulcral... Las paredes de las casas arruinadas estaban casi derribadas. Las columnas estaban a punto de caer. Las hojas de los pocos árboles que había estaban secas. Por todas partes en la tierra había huesos de los muertos.
Uzayr sintió la frialdad estremecedora de la muerte y se dijo a sí mismo: «¿Cómo Dios podrá resucitar a estos muertos? ¿Cómo Dios podrá darles vida otra vez después de que se pudran y se conviertan en tierra?» No tenía ninguna duda del poder de Dios. Sabía que Dios era capaz de hacerlo; él solamente se asombraba ante esa situación. Y al terminar sus palabras se murió allí mismo.
Dios mandó al ángel de la muerte para que tomara el alma de Uzayr. Cuando el asno vio que su dueño estaba tumbado sin moverse, él también se tendió al lado de Uzayr y permaneció así hasta que se pusiera el sol. Al día siguiente intentó levantarse pero no pudo. Era como si estuviese atado al suelo. Quedó así hasta morirse de hambre.
Cuando la gente de Uzayr vio que tardaba en llegar fueron a buscarlo a su huerto. Pero no lo hallaron ahí. Miraron por todos los lugares adónde podía haber ido pero fue en vano, formaron equipos para buscarlo pero no lo encontraron ni a él ni a su asno.
La gente que lo buscaba pasaba por el cementerio donde murió Uzayr pero no se quedaba mucho tiempo allí porque todo estaba en silencio y olía a muerte. Si Uzayr estuviera allí, lo oirían. Además ese cementerio era estremecedor. Por eso nadie se atrevía a entrar ahí.
Después de unos días la gente ya estaba desesperada. Sus hijos estaban muy tristes porque ya no podrían ver a su padre y su mujer lloraba pensando que iba a vivir sola. Sin embrago, el tiempo seca las lágrimas y calma los dolores. Llegó un día en que ya nadie lloraba por él; todos volvieron a su rutina.
Pasaron cien años. Y un día Dios deseó que Uzayr se despertara. Para que se le diera la luz de la vida mandó al Arcángel Gabriel. Quería demostrarle cómo podía resucitar a los muertos. Hacía cien años que Uzayr había muerto. A pesar de sus huesos repartidos por todas partes se le vistió de carne de nuevo. Se le cubrió la carne con piel y poco después se le insufló alma a su cuerpo con el permiso de Dios. Entonces Uzayr se levantó con vida de donde estaba tumbado.
Se sentó frotándose los ojos. Se había despertado del sueño eterno después de cien años. Miró a su alrededor y vio el cementerio. Se acordó de que se había dormido. Sí, se había quedado dormido en el cementerio en el camino de regreso a su pueblo. Había dormido al mediodía y ahora el Sol estaba a punto de ponerse. Se dijo: «He dormido bastante, desde el mediodía hasta la tarde».
El Arcángel Gabriel, que lo había despertado, le preguntó:
— ¿Cuántas horas has dormido?
— Quizás un día o menos.
El Arcángel dijo:
— No, has dormido cien años. Estabas muerto desde hacía cien años. Falleciste asombrado al pensar cómo Dios podría resucitar a los muertos y ahora Él te ha resucitado.
Uzayr sintió que el sentimiento de asombro y horror había dado lugar a una fe muy profunda. Gabriel señaló a los alimentos y dijo:
— ¡Mira tu alimento y tu bebida! No se han echado a perder.
Uzayr miró al higo; estaba como él lo había dejado; el color, el sabor y el olor no habían cambiado. ¿Cómo era posible esto? Miró al plato en el que había echado pan y también estaba ahí; no le había pasado nada al zumo de uva y los trocitos secos de pan esperaban a suavizarse en él.
Uzayr estaba asombrado. Aunque habían pasado cien años el zumo no se había estropeado cuando normalmente se estropeaba en unas horas. Gabriel notó las dudas que tenía y le señaló a su asno y le dijo:
— Mira a tu asno.
Uzayr volvió la vista hacia donde estaba su asno pero no pudo ver nada más que unos cuantos huesos. Gabriel añadió:
— Querías saber cómo resucita Dios a los muertos ¿no? Entonces mira a la tierra. Esa tierra antes era tu montura.
Gabriel con el permiso de Dios llamó a los huesos del asno; estos se juntaron y formaron el esqueleto del animal. Después Gabriel ordenó a las venas y la carne que volviesen a ser como antes.
Entonces, en ese preciso momento, los huesos del animal se cubrieron de carne. Poco después aparecieron piel y pelos encima de la carne. El asno muerto estaba tumbado en el suelo. Gabriel le ordenó al alma que vistiese el cuerpo. El animal se levantó cuando se le dio vida. El asno empezó a rebuznar y mover la cola; estaba a punto de morirse de hambre y por eso rebuznaba.
Uzayr había presenciado un milagro maravilloso de resurrección y se dijo: «Ahora sé que Dios es omnipotente».
Uzayr montó en su asno y se puso en camino hacia el pueblo. Dios deseó que él fuera un milagro para su gente. Los que lo vieran iban a creer en la vida después de la muerte.
Uzayr cuando llegó a su pueblo, se sorprendió mucho. ¿Qué le había pasado a este pueblo? ¿Era posible que hubiese cambiado tanto? Las casas, las calles, la gente y los niños... todos habían cambiado. No conocía a nadie que veía en la calle. Cuando Uzayr salió de su pueblo, tenía cuarenta años. Y ahora ciento cuarenta. Y estaba tal y como era antes, sin ningún cambio en su apariencia. Sin embargo, el pueblo había vivido cien años y durante todo este tiempo habían pasado muchas cosas. Algunas casas se habían derribado totalmente y se había construido otras nuevas en su lugar.
Uzayr pensó: «Tengo que encontrar a algunos ancianos que se puedan acordar de mí». Buscó mucho y al final encontró a su sirvienta que tenía veinte años cuando el murió. Ya había cumplido ciento veinte años.
Uzayr se acercó a ella y le preguntó:
— ¿Sabe dónde está la casa de Uzayr?
La mujer empezó a llorar al escuchar el nombre de Uzayr y le contestó:
— Todo el mundo lo olvidó. Hace cien años salió de su casa y no volvió nunca más. ¡Qué la paz sea con él!
Uzayr le dijo a la mujer:
— Uzayr soy yo, ¿no me has reconocido? Dios me resucitó después de haber estado muerto durante cien años.
La mujer le miró con cara de asombro. No se lo podía creer. Y le dijo:
— Dices que eres Uzayr. Dios aceptaba sus súplicas. Entonces suplícale a Dios que me abra los ojos y me devuelva la fuerza de antes.
Uzayr levantó las manos hacia el cielo y le pidió a Dios que le abriera los ojos y pudiese caminar. Y se realizó el milagro. La mujer volvió a ver, se sentía fuerte como antes. Miró a la cara de Uzayr con mucha atención; sí, era él de verdad. La vieja mujer empezó a correr por las calles gritando: «¡Uzayr ha vuelto! ¡Uzayr ha vuelto!»
Al oír esas palabras la gente quedó asombrada y pensó que la mujer se había vuelto loca. Poco después se juntó la asamblea de los sabios. Entre ellos estaba el nieto de Uzayr. Su padre había muerto y él tenía ochenta años. Pero su abuelo Uzayr aún tenía cuarenta. Toda la gente del pueblo junto con los sabios escuchó la historia de Uzayr, no sabían qué decir. ¿Deberían creerle o no? Uno de los sabios le preguntó a Uzayr:
— Según lo que escuchamos de nuestros ancestros Uzayr era un profeta y había escondido el Antiguo Testamento para que los enemigos no lo destruyeran. Si nos dices el lugar dónde lo había escondido te creeremos.
Uzayr les contestó diciendo:
– Esto es muy fácil. Yo recuerdo muy bien dónde lo había puesto.
Y los llevó donde había escondido el Libro, él iba delante y los otros detrás. Las páginas del Libro se habían puesto amarillas. Uzayr escribió de nuevo el Libro aprovechando lo que quedaba del antiguo. Entonces todas las personas creyeron que Dios lo había resucitado después de haber estado muerto cien años. Uzayr fue un milagro para la gente.
Cuando Uzayr murió los judíos dijeron:
– Uzayr es el hijo de Dios.
Dios está muy lejos de esas calumnias por que Dios en el Corán nos dice: «Di: Él es Dios, el Uno. Dios, el Señor Absoluto, a Quien todos se dirigen en sus necesidades. No ha engendrado ni ha sido engendrado. Y no hay nadie que se Le parezca».

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Corán: "Allah mismo se encarga de volver (de perdonar) a los que han pecado por ignorancia
y que se arrepienten luego. Allah les perdona, porque es sabio y prudente".

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