Los Profetas Zacarí­as y Juan

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Los Profetas Zacarí­as y Juan

Mensaje  orgullosadeldin el Mar Abr 22, 2008 11:27 am

Los Profetas Zacarí­as y Juan

Era una época muy interesante. Miles de doctrinas opuestas luchaban entre si, el bien y el mal caminaban juntos. Mientras la fe en Dios rodeaba el templo de Jerusalén como un halo de luz, la mentira y la fraudulencia estaban de moda en las tiendas cerca del templo.
La eterna lucha entre el bien y el mal, la luz y la oscuridad, la verdad y la mentira seguía sin cesar. El Profeta Zacarías[1] vivió en esa época.
La descendencia de los padres del Profeta Zacarías se remontaba a los Profetas David y Abraham (la paz y las bendiciones estén con ellos). Era de los últimos de la cadena de los Profetas enviados a los israelitas. Enseñaba el camino recto y predicaba la palabra de Dios en el gran templo de Jerusalén.
Era un Profeta que había asistido a lecciones de ciencias divinas. Tenía un pariente con virtudes teológicas que se llamaba Emran. Emran, que era un imán que hacía celebrar las oraciones en la mezquita, no pudo tener hijos por muchos años. La esposa de Emran y la esposa del Profeta Zacarías eran hermanas.
Un día, por la mañana, cuando la esposa de Emran estaba dándole de comer a los pájaros, empezó a mirar a un nido entre las ramas de un árbol. En el nido, un pájaro intentaba dar de comer a su polluelo. Esa situación le conmovió mucho porque ella no había podido tener un hijo aunque había envejecido mucho. Sintió compasión y deseó tener un hijo. Abrió las manos sinceramente y suplicó a Dios que le diera un niño.
En ese momento, las puertas del cielo estaban abiertas y Dios aceptó su deseo. El día que ella comprendió que estaba embarazada, se puso muy contenta. Era una mujer que había dedicado su vida a Dios. Abrió las manos y dio gracias a Dios: «¡Señor Mío! El niño que llevo en el vientre está dedicado a Ti. Servirá a Tu recto camino. ¡Acéptamelo! Tú eres Quien todo lo oye, Quien todo lo sabe».
Es decir, el niño que naciera viviría, rezaría y serviría en el templo. En esos tiempos, solamente se podían dedicar los chicos a los servicios religiosos. Nunca dedicaron las chicas al servicio del templo. Esos chicos servían y aprendían ciencias religiosas en el templo hasta que tuvieran un trabajo y si quisieran podían seguir su servicio allí.
Llegó la hora del nacimiento. Sin embargo, no fue como se esperaba. La esposa de Emran dio a luz a una niña. Estaba sorprendida porque esperaba a un hijo que dedicaría a la veneración de Dios y serviría en el templo. A pesar de eso, decidió ser fiel a su promesa y suplicó a Dios así: «¡Señor Mío! Parí una niña y un varón no es igual que una hembra en los servicios del templo. Le he puesto el nombre de María».
Sus plegarias fueron escuchadas por Dios pues Él es el Omnisciente, Quien todo lo oye, Quien todo lo sabe y escucha a los que susurramos, a los que hablamos y a los que pensamos. Es obvio que Dios sabía bien a quien había dado a luz. Dios decide crear una niña o un niño. La esposa de Emran suplicó que Dios protegiera su hija y la descendencia de ella contra las maldades del Satanás.
Dios aceptó sus deseos y crió a María a manera perfecta porque la sabiduría divina quiso que Ella fuera la más Excelsa Mujer de la Historia de la humanidad. Jesús nacería como un milagro, así como el Profeta Adán había sido creado sin padres y era un milagro, Jesús nacería sin padre. Lo concebiría una madre inocente que nunca se había casado ni había tenido relación con un hombre.
Antes del nacimiento de María, se murió su padre. Cada uno de los sabios del templo quería proteger y criar a María que era la hija de un sabio como ellos y estaba dedicada al templo. Esa carga les honraría mucho. Sin embargo, ¿quién criaría a María? Zacarías dijo:
— Estoy dispuesto a responsabilizarme de criarla pues es sangre de mi sangre. Mi esposa es su tía. Además, yo soy el Profeta de está nación.
Los sabios interrumpieron:
— ¿Por qué uno de nosotros no puede hacerlo? No podemos hacerte el honor de criarla. No nos contentamos con tu decisión.
Por fin, decidieron echar a suertes la tarea de criarla, si no empezaría una discusión sin fin. A quien cayera en suerte, criaría a María. Pusieron a María en el suelo y a su lado las plumas que usaban para escribir la Torá. Luego, trajeron un niño que no estaba enterado del suceso y dijeron que eligiera una de las plumas. El niño eligió la pluma de Zacarías. El Profeta Zacarías dijo:
— ¡Es el veredicto de Dios!
Los otros sabios dijeron:
— No. Tiraremos nuestras plumas al río. La de quien vaya contra la corriente, que él sea el vencedor.
Tiraron las plumas al río. Todas las plumas fueron llevadas por la corriente excepto la de Zacarías. Solamente la pluma de Zacarías fue contra la corriente. No les quedó más remedio que darle a María. Así, Zacarías, el Profeta de los israelitas, tuvo a su cargo esta bella criatura.
María se crió y llegó a la madurez. El Profeta Zacarías le asignó una habitación que llamaba mihrab en el templo. La mayoría del tiempo María lo pasaba allí. El mihrab era su pequeño mundo en el que rezaba y estaba sumida en profundos pensamientos. Cuando el Profeta Zacarías iba al mihrab para dar una lección y llevar comida a María, entonces veía diversas comidas allí. Zacarías había comprendido que esa niña no era normal y sería una buena sierva, obediente ante Dios. La habitación de María estaba llena de frutas del invierno en verano y frutas del verano en invierno. Cuando Zacarías preguntaba de dónde venían las frutas, María decía cada vez que eran de Dios. Eso se repitió muchas veces.
El Profeta Zacarías había envejecido mucho. Tenía el pelo blanco y su cuerpo era muy débil y cansado. Su esposa estaba muy vieja también. Además, la mujer era estéril y no había podido dar un niño a su marido. El Profeta Zacarías quiso mucho tener un hijo que aprendiera las ciencias y la sabiduría, enseñara el recto camino a su gente y llamara a la gente a Dios. No había hablado de ese tema con nadie, ni siquiera con su esposa. Sin embargo, lo sabía Dios que conoce todo lo que está oculto o secreto.
Ese mañana, Zacarías fue al templo, al mihrab de María. Al ver las frutas tempranas, preguntó a María:
— ¡María! ¿De dónde sacas esta comida?
— Son de Dios. Dios da sustento abundante a quien quiera.
Zacarías regresó emocionado al templo y abrió las manos a suplicar. El Poder que da los sustentos a María podía dar otros beneficios también:
— ¡Señor Mío! ¡Eres el Sublime! ¡Eres el Todopoderoso!
El deseo de tener un hijo le hacía sufrir mucho. Zacarías siguió de este modo:
— ¡Señor Mío! Ya estoy viejo, se me han debilitado los huesos y tengo el pelo blanco como las llamas blancas. ¡Señor Mío! Sé que me darías cualquier cosa que quiera de Ti. La verdad es que estoy preocupado por las conductas de mis descendientes después de mi muerte. Mi esposa es estéril. ¡Regálame un descendiente de tu Generosidad que me herede a mí y herede de la dinastía de Jacob, y hazlo agradecido!
Zacarías suplicaba en voz baja a Dios que le diera un niño, un niño que sería el heredero del Profeta, de la sabiduría y de la virtud teologal. Es que él temía que se equivocaran en el recto camino de Dios después de su muerte.
Dios aceptó su súplica. En ese momento, los ángeles le llamaron así: «¡Zacarías! ¡Enhorabuena! Tendrás un hijo que se llamará Juan[2] ya que antes nadie tuvo este nombre».
Se puso muy contento al oír la buena noticia porque tendría un hijo especial que nadie había tenido antes. Mientras el corazón le daba saltos de la felicidad dijo así:
— ¡Señor Mío! ¿Cómo puedo tener un hijo, siendo mi mujer estéril y yo un viejo?
Se asustaba porque era viejo y su esposa era estéril. Los ángeles le dijeron:
— Es así pero tu Señor ha dicho: «Es muy fácil para Mí. ¿No te he creado de la nada antes? Si Dios quiere, sin duda, lo es. No hay nada difícil para Dios. Solamente da la orden de «¡Sé!» y se hace realidad. Además Dios te ha creado de la nada».
El corazón de Zacarías se le llenó con agradecimientos a Dios. Zacarías quiso que Dios le diera un signo, entonces Dios dijo:
— Tu signo será que no podrás hablar a la gente durante tres días.
Zacarías no podría hablar a la gente por tres días. Estaría tan débil que no podría hablar. No estaría enfermo sino sano. Así, comprendería que su esposa estaba embarazada y el milagro de Dios sería real. Entonces, hablaría a su gente con mímica que glorificara el nombre de Dios día y noche.
Un día, Zacarías salió ante la gente e intentó hablar pero no pudo. Comprendió que el milagro divino fue real y sugirió a la gente que glorificaran el nombre de Dios. Él glorificaba las alabanzas de Dios con el corazón. Era muy feliz porque Juan, que los ángeles habían dado su buena nueva, nacería.
Estamos ante un niño que su padre ni su madre le habían puesto un nombre. Dios, que es el Señor del Universo, le otorgó un nombre. Dios le dio al Profeta Zacarías la buena noticia de que su hijo Juan sería sabio, piadoso, de buena voluntad y un gran Profeta. Zacarías estaba muy contento con la noticia. Mientras rezaba por Dios, se le caían las lágrimas, mojando su barba blanca.
El nacimiento de Juan estaba muy cerca. En Palestina era la primavera. Los montes estaban verdes y el cielo claro. La luz plateada de la Luna cubría todos los árboles y los campos. Los rosales estaban llenos de rosas y los naranjos estaban repletos de la flor de azahar que desprendía agradables olores. Los ruiseñores cantaban canciones llenas de alegría. El viento susurraba los significados mágicos de la belleza a los oídos de la creación.
Ese día nació Juan. Su nacimiento era un milagro. Porque Juan nació después de una vida en la que su padre Zacarías había perdido toda esperanza de tener un hijo. Nació tras una buena nueva que hizo tranquilizar el alma de Zacarías, en la mitad de un siglo en el que la inocencia y la bondad estaban en boga pero también la depravación.
En esa época, María representaba la castidad. Sus rezos y súplicas sinceras iluminaban el mihrab que estaba lleno de buenos olores y cerrado al mundo exterior. El templo estaba lleno de los obedientes pero también la depravación estaba muy extendida en las ciudades.
En la época del Profeta Zacarías toda la región de Palestina estaba rodeada por la discordia. Las almas fueron encarceladas por el egoísmo y el deseo de autoridad. Los sabios de los israelitas explotaban la gente en el nombre de la religión y firmaban contratos en secreto con los emperadores tiranos de Roma. El Profeta Zacarías condenaba sus conductas y predicaba los hechos falsos en el templo a las grandes multitudes.
Zacarías se oponía a la maldad y la injusticia. Hablaba de la fealdad de los pecados cuando daba sermones sin ningún temor. Su prestigio, sus actos y sus palabras trastornaban los planes de los interesados. Tenían que desprestigiarle y matarlo. La gente le quería y consideraba sus palabras como criterios.
Los israelitas alzaron una calumnia contra Zacarías para desprestigiarle ante la gente. Se realizaba la intriga del pueblo judío, preparada en la oscuridad de la noche. Todos los malhechores alcanzaron un acuerdo para matar al Profeta Zacarías. Eran los poderosos y los ricos de la sociedad y los rabinos que explotaban la gente en nombre de la religión. Los israelitas matarían a su Profeta. No era el primero ni el último. Habían matado a sus Profetas con sus manos pecadoras también. Los israelitas dijeron que Zacarías cometió adulterio con María con el pretexto de que nació Jesús. Zacarías intentó probar su inocencia pero no pudo. Los israelitas mataron cruelmente a su Profeta. Mientras el alma de Zacarías volaba al paraíso, el asesinato que cometieron los israelitas pasó a la historia como un asunto oscuro.
Luego, los discípulos de Zacarías llevaron su cadáver a Alepo, en la actual Siria y lo enterraron allí.
Hoy, los visitantes de la Mezquita de Emoya en Alepo pueden ver una habitación pequeña en un rincón de la Mezquita. En la habitación, hay una tumba, la tumba de un Gran Profeta, del Profeta Zacarías. Él fue un mártir y marcho al paraíso por culpa de las manos pecadoras de los israelitas.
La niñez de Juan fue diferente de la del resto de los niños. Cuando sus coetáneos decían «¡Vamos a jugar!» él decía «¡No estoy creado para jugar!» Mientras los jóvenes tenían malas costumbres, él era tranquilo y decente. Algunos niños se divertían atormentando los animales pero Juan tenía compasión con ellos, los protegía y ofrecía de su comida. Como resultado, le daba hambre y comía las frutas u hojas recogidas de los árboles. Al crecer, un halo de luz le cubría la cara y la sabiduría, el amor de Dios y la tranquilidad espiritual le llenaba el corazón.
Tenía ganas de estudiar y conocer las ciencias. Cuando creció y maduró Dios le dijo: «¡Juan! ¡Coge el Libro con firmeza!»
Luego le dio la sabiduría e hizo su alma tranquila. Juan fue un Profeta. Daba sermones sinceros y conmovedores en el templo en Jerusalén. Dios le otorgó una gran claridad de juicio cuando era niño. Solucionaba los problemas de la gente, aclaraba los aspectos no entendidos de la religión y enseñaba el recto camino de Dios.

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Re: Los Profetas Zacarí­as y Juan

Mensaje  orgullosadeldin el Mar Abr 22, 2008 11:27 am

Cada día, los conocimientos de Juan, el hijo del Profeta mártir, aumentaban más. La compasión en su corazón cubría a todas las criaturas.
El Profeta Juan no se casó. Sacrificó su vida por el camino de Dios, la veneración y predicar la palabra de Dios. Vivió en las tierras de Siria, Palestina y Jordania. Llamaba la gente a creer en el Único Dios y prepararse para el día del Juicio Final. Sus palabras hacían eco en los valles palestinos, su voz daba vida a los montes y las colinas de Siria y las montañas rojas de Jordania llevaban sus llamadas a los desiertos amplios.
El Profeta Juan abandonó la ciudad y fue al desierto, subió las montañas y tuvo una vida ascética en las cuevas. Sobrevivió comiendo hojas de los árboles y bebiendo agua de los ríos. Dijo a cualquiera que se encontraba que la soberanía de Dios estaba cerca. Su fuerte voz hacía eco en todas las montañas y los valles. Llamaba la gente a arrepentirse de los pecados.
Mucha gente oyó su llamada y vino a verle. Por fin, decidió formar un hogar cerca del río Jordán.
El lugar en el que Juan llamaba a la gente a purificar sus almas era Magtas. Era el río santo de Jordania. Después de limpiarse los cuerpos de los que vinieron a arrepentirse, Juan les sugería purificar sus almas son las súplicas y lágrimas. Se congregaron miles de personas de Jerusalén, de Eriha, de Siria y de diferentes partes del mundo para limpiar sus cuerpos con las manos benditas de Juan y purificar las almas con sus palabras celestiales. Si escucháis a las montañas de allí y los murmullos de agua del río, susurrarán muchas cosas de Juan.
El amor de Juan cubría todos los corazones. La gente acudió a la llamada de Juan en el desierto. Al verle los animales salvajes entendían que era Juan, el Profeta de Dios. Inclinaban las cabezas y le protegían cuando dormía. A veces, cuando él comía se le acercaban y comían de su comida. Entonces, el Profeta Juan sentía lástima por ellos y les ofrecía toda la comida. Antes de saciar el hambre prefería saciar todos susdeseos espirituales, rezaba y suplicaba a Dios. Pasaban las noches con lágrimas en los ojos, recitando los Nombres más Bellos de Dios y dándole gracias. La sinceridad que fluía de sus palabras y actos llegaba a los corazones de los seres humanos y les hacía deshacerse en lágrimas. La sinceridad esforzaba sus palabras y su salida del corazón como un grito sincero.
Un día, toda la gente fue al templo cuando oyó que el Profeta Juan iba a dar un sermón. El templo estaba lleno hasta rebosar. Juan empezó a hablar: «Nuestro Señor dio cinco órdenes:
Venerad a Dios rechazando los ídolos. El que adora algo o alguien que no sea Dios es como un esclavo que sirve a otro que no sea su señor. ¿Quién querría que nuestro esclavo sea así?
Realizad plegarias. Dios ve a sus esclavos que recitan plegarias. Haced las plegarias en tranquilidad.
Ayunad. El que ayuna es como una persona que lleva la fragancia de rosa y perfuma los alrededores.
Dad limosnas prescritas purificantes y limosnas por amor de Dios. Pensad en un hombre que ha sido encarcelado por sus enemigos. Justo en el momento de su ejecución, el hombre les otorga todos sus bienes. Entonces, sus enemigos lo dejan en libertad. Así, las limosnas prescritas purificantes y limosnas por amor de Dios libran al hombre de estar cautivo de los pecados.
Pronunciad el nombre de Dios el Grande y Sublime. Imaginad un hombre que huye de sus enemigos que quieren encarcelarlo. Él se refugia en un castillo y se salva de sus enemigos. El castillo más sólido es pronunciar la palabra de Dios. No hay más salvación que ese castillo».
Al terminar de hablar el Profeta Juan descendió del púlpito y se fue al desierto. En el desierto había vastas dunas que se extendían hasta el horizonte. No había ningún ruido, tan sólo el susurro del viento, el susurro de las hojas de los árboles y los pasos de los animales salvajes en las montañas. El Profeta Juan hacía plegarias, pronunciaba los Nombres de Dios, suplicaba y lloraba por Dios.
En Jordania, en la cima de la montaña de Makirus hay un castillo como un nido de águila que fue testigo de uno de los asuntos más dolorosos de la Historia de la Humanidad. Los sucesos de allí pasaron a la historia como un lúgubre acontecimiento. Porque sobre las piedras del castillo de Makirus está la sangre que brotó del cuerpo de Juan.
La congregación de la gente, al aceptar las palabras de Juan molestaba al gobernador de Palestina, Herodes, a los magnatarios de Roma y a algunos rabinos. Juan llamaba la gente a tener compasión, a igualdad y fraternidad y venerar a Dios, el Único. Herodes mandó que lo encarcelaran porque era una amenaza para su poder.
Juan fue encarcelado en ese castillo desolado desde el cual se apreciaba el Mar Muerto. Les permitieron a sus discípulos visitarle para que la gente no incitara a la subversión.
Herodes parecía un hombre piadoso pero practicaba todos los malos actos prohibidos por la religión. Un día, cuando fue a visitar a su hermano en Roma, se escaparon con la que sería su esposa, Herodia y su hija Salami, a Palestina. Pronto, se casaron Herodes y Herodia aunque la gente reaccionó mal y los rabinos hicieron objeciones pues Herodia era sobrina de Herodes. La mayor parte del tiempo Herodes lo pasaba en el castillo. En una parte del castillo de Makirus existía el entretenimiento y en la otra, la pena y el dolor.
Un día, Herodes ordenó que trajeran a Juan encadenado. Herodes quiso que Juan dijera que su matrimonio era lícito y permitido en la religión. Sin embargo, el Gran Profeta le respondió duramente: «¡Sepárate de ella! Vuestro matrimonio no es legal por la religión porque es tu sobrina e incluso es la esposa de tu hermano».
Herodes no pudo decir nada. Temía de la grandiosidad de Juan. Lo expulsó de su presencia inmediatamente. Herodia estaba ciega de ira. Quiso que mataran y trajeran la cabeza de Juan. Pero Herodes temía la reacción de la gente. Desde ese día, Herodia pensaba solamente en asesinar al hombre que la había despreciado en publico. Empezó a hacer planes para lograr lo que quería.
Una noche, para celebrar el cumpleaños de Herodes el castillo de Makirus estaba totalmente iluminado. Herodes quiso que Salomi, la hija de Herodia, que era célebre por sus bailes, bailara para él y prometió que la compensaría con todo lo que quisiera. Cuando Salomi hizo lo que quiso Herodes, él le preguntó:
— ¡Dime qué quieres!
Salomi miró a los ojos de su madre y dijo:
— ¡Quiero que me entreguen la cabeza de Juan en una bandeja de plata!
Herodes dijo asustado:
— ¡Pide lo que quieres pero no me pidas eso!
Herodes se asustó más. Los señores de Roma, los rabinos y los ricos de los israelitas que estaban en el salón le hicieron recordar su promesa. Poco después, el orgullo de Herodes venció todos los temores y dijo:
— ¡Traedme la cabeza de Juan!
Más tarde, en las murallas del castillo de Makirus corrieron las gotas de sangre de un Profeta. Mientras el Profeta Juan marchó con su Señor como su padre Zacarías hizo, los israelitas mataron a un Salvador y privaron a la humanidad de un Guía excelso.
Después del martirio de Juan, sus discípulos llevaron su cadáver a Damasco. La tumba de Juan se encuentra actualmente en la Mezquita Omeya, en la ciudad siria de Damasco.


Ibn Asakir, el historiador popular que escribió «La Historia de Damasco», narra en su libro un asunto de Zaid Bin Vakid: «Cuando construían la Mezquita Omeya en Damasco, vi la cabeza de Juan. En la dirección de La Meca, lo sacaron debajo de una de las columnas al lado del púlpito. Su pelo y su piel no habían cambiado, igual que cuando murió como mártir».


[1] En el Corán es nombrado como «Zekeriya».
[2] En el Corán es nombrado como «Yahya».

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