El Profeta Jesús

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El Profeta Jesús

Mensaje  orgullosadeldin el Mar Abr 22, 2008 11:29 am

El Profeta Jesús

El Sol empezó a ponerse por el horizonte. Una brisa suave bailaba entre las flores de naranjo y los manzanos. De repente, unos olores aromáticos entraron por la ventana del cuarto de oraciones de María y allí vieron a una joven que estaba rezando en la más profunda paz.
Se la veía tan bella cuando rezaba que los perfumes empezaron a bailar a su alrededor. María, inmersa en un clima de oración nunca antes visto, notó que su habitación estaba llena de olores aromáticos y sonrió, la naturaleza la estaba saludando.
Respiró hasta llenar los pulmones. «¡Qué hermoso!» se dijo a sí misma. Y otra vez se dirigió a la fuente de toda esta hermosura, Dios, para agradecérselo. Era tan hermosa su actitud y tan sincera su oración que recordaba a un ángel del cielo.
Mientras tanto se posó un canario sobre su ventana. Batió sus alas levantando su pequeño pico hacia el Sol. Tras el baño tomado en la fuente enfrente de su ventana, miles de gotitas se dispersaron por el aire. María se acordó de que no había regado la rosa que había salido de repente entre dos rocas grandes fuera del templo. En cuanto terminó de hacer la plegaria se dirigió hacia el rosal. Aún no había salido del cuarto cuando escuchó la voz de los ángeles. Le decían: «¡Oh María! Dios te ha elegido. Te limpió el cuerpo y el alma de pecado y te hizo superior a las demás mujeres del mundo».
María se detuvo y se puso pálida. Todas las esquinas de la habitación empezaron a iluminarse con las palabras de los ángeles. La luz era tan brillante que el Sol quedaba eclipsado como una vela apagada ante ella.
María últimamente sentía grandes cambios tanto en su cuerpo como en su espíritu. No había espejo posible para ver los cambios en su cara pero ella notaba que la sangre de juventud daba lugar a un color más noble y limpio. Sí, no podía ver la palidez de su cara pero se daba cuenta. Su cuerpo se había debilitado pero su alma había alcanzado una fuerza extraordinaria. Tanto que, cuanto más se debilitaba su cuerpo, más le daba fuerza a su alma.
Sin duda la única fuente de esas hermosuras era Dios. Ya consciente de ello María se comportaba con modestia. En su mirada y actitud se le notaba nobleza, circunspección y majestuosidad. Sintió el gran peso de la responsabilidad que los ángeles habían puesto sobre sus hombros. Mientras María estaba pensando en eso, se oía la voz de los ángeles por toda la habitación: «¡Oh María! Dios te creó con esmero. Te purificó y de entre todas las mujeres te escogió a ti».
Al oír estas palabras María entendió que había sido hecha inmaculada y escogida por Dios como cabeza de todas las mujeres para todos los tiempos. Ya era la mujer más grande de este mundo y también del siguiente. Los ángeles otra vez le hablaron: «¡Oh María, dedícate a tu Señor! Póstrate ante Él y sigue siendo una de Sus servidoras».
La buena nueva de los ángeles la puso muy contenta e incrementó su respeto, amor y obediencia a Dios. María estaba tan emocionada que se le olvidó regar la rosa y otra vez empezó a rezar.
Esta vez no sentía ningún cansancio ni debilidad y se había olvidado de su soledad. Era como si su corazón se hubiera llenado de Sol y sus cabellos bebieran del rocío de los riachuelos. Hubo una amplitud muy grande en su alma y por eso sentía que llevaba a todos los seres en su interior.
Sí, en todas las moléculas de su cuerpo oía los latidos de la vida. Ahora, la esencia de vida que corría entre las hojas y ramas de los manzanos le corría por las venas también. Las lágrimas de todos los niños inocentes del mundo se derramaban por los ojos de la joven que estaba fuera de sí debido a la hechizante atmósfera de las oraciones. En esas lágrimas estaban ocultas la pureza de la blanca leche, la suavidad de la brisa y las tristezas de la humanidad.
El corazón de María le decía que se iba a llevar grandes sorpresas. En realidad desde hacía unos días lo sentía pero no sabía de qué se trataba, ahora ya todo estaba muy claro.
Cuando el sol se puso para descansar, se despertó la noche. Y la Luna se sentó como una reina en su corona de plata rodeada por las nubes blancas como un halo de luz.
Cuando después de medianoche la luz de la Luna entró en la habitación de María, la encontraron rezando todavía. Después de acabar la oración María se acordó de la rosa y salió fuera con un poco de agua.
La rosa se encontraba entre dos grandes rocas muy cerca del templo. A ese lugar no entraban los desconocidos porque ahí era donde María rezaba.
Después de regar la rosa comprobó con asombro cómo ese extraño rosal crecía el doble sólo en dos noches. De repente escuchó unos pasos. ¡Qué extraño era! Pisadas encima de los guijarros, la tierra y la hierba...
De repente sintió mucho miedo. Era obvio que no estaba sola. Miró a su alrededor con inquietud. Pero no había nadie.
Después de que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad vio una sombra bajo la luz de la Luna. ¡Dios mío! ¿Quién era ese hombre? Empezó a temblar, estremeciendose.
Al ver la sombra en el suelo aumentó su asombro porque normalmente aquel ser no tenía que tener sombra pues estaba bajo la luz de la Luna y no había otra luz detrás de él. María se preguntó: «¿Quién será este hombre?»
Cuando vio la cara del hombre, se asustó más. Nunca lo había visto antes. Además su cara era más clara que la luna llena. En sus ojos había una nobleza y majestuosidad y en su cara se apreciaba modestia y circunspección. Gracias a esa breve mirada María vio en la cara del hombre la huella de llevar millones de años implorando a Dios.
María tenía curiosidad por saber quién era. El desconocido leyendo sus pensamientos dijo:
— ¡Que la paz sea contigo María!
María se sobrecogió y le dijo:
— Me refugio de ti en el Compasivo. ¡Si es que temes a Dios, no te me acerques!
Ella era la mujer más pura, limpia y honrada de todas las mujeres del mundo. Ese hombre que había entrado en un lugar tan privado en donde nadie se atrevía a entrar podría tener malas intenciones. Su único refugio era Dios.
El desconocido le dijo con una sonrisa tranquilizadora:
— Yo soy sólo el enviado de tu Señor. He venido para entregarte a un niño puro.
En cuanto el desconocido acabó sus palabras, todo se cubrió con una magnífica luz; esa luz no se parecía al Sol ni a la Luna ni al fuego. Era muy extraña, maravillosa y deslumbrante.
Poco después los haces de luz rodearon al desconocido y formaron un ala tan inmensa que podría abarcar todo el horizonte. María estaba fuera de sí. En su cabeza resonaban las palabras del hombre. «Soy el enviado de tu Señor».
¡Dios mío! Era él. Sí, el que estaba frente a ella como perfecto humano sin ningún defecto era el Arcángel Gabriel, el más grande en importancia de los ángeles.
María empezó a temblar ante todo lo sucedido, levantó la cabeza y miró otra vez al hombre. Gabriel aparecía como un hombre muy hermoso. María le miró a la cara y por un momento contempló la claridad de su frente, la pureza de su rostro y la majestuosidad de sus ojos. Era verdad lo que había pensado: el ángel tenía cara de haber servido a Dios durante millones de años.
María se estremeció al recordar la segunda parte de lo que había dicho Gabriel. Había venido para darle un niño muy puro. María era virgen. No se había casado ni le había tocado la mano de un hombre. «¿Cómo podía dar a luz sin casarse?» Le dijo asombrada al señor de los ángeles:
— Pero, ¿cómo puedo yo tener un hijo si ningún hombre me ha tocado, si no he conocido varón?
El ángel le dijo:
— Es verdad lo que dices. Sin embargo tu Señor dice: «Es cosa fácil para Mí, para hacer de él un signo milagroso de Nuestro poder ante la gente y la Misericordia de Nuestra parte. Es un decreto divino».
María empezó a pensar en las palabras de Gabriel. Había dicho que eso era una orden de Dios. Entonces no tenía nada de extraño. Nada era difícil para Dios. Además, ¿tener un hijo siendo virgen sería tan raro? ¿Él no había creado a Adán sin padres? Así era, antes de la creación de Adán no existían ni hombres ni mujeres. Además había creado a nuestra madre Eva procedente de Adán o sea de un hombre. Sin duda, Dios era el más Poderoso. Y ahora con Su poder ilimitado iba a crear un niño sin padre. Dios quien había creado una mujer de Adán, ahora iba a crear un hijo de María.
Hasta aquel día según la tradición divina los niños venían al mundo de un hombre y una mujer. Pero ahora Él deseaba realizar un milagro creando a un niño sin padre.
Gabriel siguió diciéndole:
— ¡Oh María! Dios te da la buena nueva de un milagro. Se llama Jesús[1], también conocido como el Mesías y su sobrenombre es el hijo de María. Será uno de los siervos más cercanos a Dios y con más prestigio tanto en este mundo como en el otro. Predicará desde sus primeros meses y en su madurez y será uno de los siervos más rectos.
El asombro de María aumentó si cabe más porque se había enterado del nombre de un niño que todavía no llevaba en sus entrañas. Además el ángel le explicaba qué tipo de persona sería en el futuro. Iba a ser una persona prestigiosa de gran importancia tanto ante los ojos de Dios como ante los de la gente. Él era un niño milagroso. No sólo iba a predicar de mayor sino que lo haría ya desde el principio siendo un bebé, ¿y cómo podría ser esto posible? Sin embargo, si Dios el Todopoderoso lo deseara, hasta las piedras hablarían.
Cuando María quiso mover los labios para preguntar algo más, el ángel le mandó un soplo de aire. Un haz de luz que nunca había visto hasta ahora. La luz al entrar le envolvió todo el cuerpo de modo que brillaba como una estrella deslumbrante en medio de la noche.
Fue como si María viviera un sueño extraño. Cuando volvió en sí para preguntar al ángel, él ya se había marchado, volando en silencio. El cuerpo de María comenzó a temblar cuando sopló un aire frío. Pensó que perdería la consciencia y corrió inmediatamente a su habitación. Cerró la puerta y entró de nuevo en el clima de tranquilidad de la oración. Absorta, al postrarse, de sus ojos comenzaron a brotar lágrimas.
¿Cómo se podría explicar el momento por el que estaba pasando? Se habían entrelazado tantos sentimientos distintos que no cabía de felicidad. Vivía un profundo asombro, su corazón temblaba como el de un pájaro. Y sentía en todos sus poros una sensación de deleite indescriptible en una atmósfera hechizante de profunda paz.
Ya no estaba sola. Tenía la sensación de que al irse el ángel no se había quedado sola. Y en verdad que no lo estaba. Con el soplo del ángel su cuerpo se había llenado de luz. Y esta misma luz se convertía poco a poco en un bebé en sus entrañas. Ese bebé sería en el futuro un profeta mensajero del amor a las personas.
Aquella noche durmió profundamente. La mañana siguiente cuando abrió los ojos vio que toda su habitación estaba llena de las frutas más variadas aunque no fueran de la temporada. Las miró sorprendida y recordó lo que había pasado la noche anterior. Su salida a regar el rosal, su conversación con Gabriel, el soplo milagroso de Dios sobre ella, su vuelta emocionada al cuarto, su profunda entrega final a la oración...
Mirando la variedad de frutas que le rodeaba se dijo: «¿Me las voy a comer todas yo?» En ese momento le llegó la voz de un ángel: «Oh María, no estás sola, a partir de ahora sois dos personas: Jesús y tú. Tienes que alimentarte bien».
Y María comenzó a comerlas.
Pasaron los días. Su embarazo era muy diferente al de las otras mujeres, por ejemplo, no se sintió enferma, no tenía ningún dolor y su vientre no se hinchó. Muy al contrario, el embarazo le reportó beneficios de toda clase.
Llegó el noveno mes...
María se alejó a un lugar fuera del alcance de los demás. Sentía que iban a pasar ciertas cosas. Pero no sabía exactamente lo que era. El camino le llevó a un lugar aislado. Nadie sabía ni que estaba embarazada ni que pronto daría a luz. Ni siquiera notaron su ausencia porque durante días permanecía en su cuarto rezando y, sabiendo esto, nadie quería molestarla.
Estaba cansada, se sentó bajo una palmera para descansar un poco. Y llegaron las contracciones que empezaron a ser más frecuentes. Si Dios no la hubiera ayudado, no le habría sido posible soportarlo.
El parto comenzó. Las contracciones le hicieron apoyarse en el tronco del árbol. Pensaba: «Ojala hubiera muerto antes de pasar esto, desapareciendo en el olvido».
Lo que en realidad le hacía sufrir a esa gran mujer símbolo de castidad no eran los dolores de parto sino los problemas que afrontaría después del mismo. ¿Cómo la recibiría su gente cuando la vieran con un bebé en sus brazos?
¿Qué dirían? Todos sabían que era virgen. ¿Y cómo podría tener un hijo una virgen? ¿Cómo explicaría que se había quedado embarazada sin haber conocido varón? ¿La creerían las personas?
Se imaginaba las miradas curiosas y suspicaces de la gente. Era como si ya escuchara las habladurías. Notó que le dolía el corazón.
Y en medio de una tormenta que le invadía la mente y el corazón oyó la voz de un bebé. Miró hacia abajo y allí estaba: había nacido su hijo. Lo que salía de su boca no era el llanto de un bebé sino palabras plenas de significado como las que usaban los adultos. Nada más nacer, las primeras palabras salidas de su boca fueron para tranquilizar a su madre: «Mamá, no te entristezcas».
María, agachándose, miró a la cara del bebé. Estaba resplandeciente. No era como los otros recién nacidos que vienen al mundo con arrugas sino que tenía un rostro terso y una piel blanca y suave.
Pues sí, el bebé que yacía sobre las verdes hierbas hablaba. Le decía que no se entristeciera. Era un milagro y no se quedó ahí, sino que volvió a hablar: «Sacude el tronco de la palmera y coge los dátiles maduros y frescos que caigan sobre ti. Cómelos y que tu corazón se llene de alegría y paz. No pienses en lo que te entristezca. En cuanto vuelvas a la ciudad y encuentres a alguien dile: «He hecho una promesa de silencio a Dios y por ello no puedo hablar con nadie hoy».
El nombre del niño era Jesús y también sería conocido como el Mesías.
María miró a su hijo con cariño y le abrazó con ternura. ¡Qué maravilla de niño! Se sentía responsable de su madre incluso al poco de nacer. Cuando le miraba esto era lo que leía en sus ojos: él no ha venido a este mundo para recibir nada sino para darlo todo de él.
Nada más tocar el tronco gigantesco del inmenso árbol cayó sobre ella una lluvia de dátiles. Cogiéndolos uno a uno los iba comiendo. Era la primera vez que comía unos dátiles tan deliciosos. Después bebió agua de un riachuelo y, tras envolver al bebé en sus ropas, se sumió en un dulce sueño.

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Re: El Profeta Jesús

Mensaje  orgullosadeldin el Mar Abr 22, 2008 11:30 am

En la mente de la virgen María se mezclaban muchos pensamientos. Su corazón era como el de un pájaro asustado, un pájaro tembloroso que se posa en las ramas sin poder tranquilizarse de manera alguna. Sus pensamientos, tras posarse en las ramas del árbol de la paz, le invadían e intranquilizaban nuevamente de modo que en lugar de tranquilidad sólo le quedaba una profunda preocupación. Su pensamiento se centraba en un sólo punto: Jesús. ¿Cómo iban a reaccionar los judíos cuando lo vieran?
¿Qué iban a decir sobre María? ¿Qué comentarían sobre Jesús? ¿Se convencerían los que habían dejado de creer que la Divinidad le había dado un bebé?
Ya era la hora de retornar a los suyos. Era ya la tarde cuando María volvió. En la calle que iba al templo había una muchedumbre que charlaba después de las tareas diarias. Al pasar por entre la gente se dio cuenta de que todos la miraban y con un bebe en su regazo, caminaba con paso lento y solemne.
Uno de los vagabundos dijo mirando a su alrededor:
— ¿No es esa la virgen María? ¿De quién será ese bebé que lleva en su regazo?
Y uno de los borrachos respondió:
— Tiene que ser suyo pero veamos qué historia nos cuenta.
Sus palabras cayeron en un campo abonado para la murmuración ya que en aquel lugar había mentes y corazones salpicados de maldad. Los sabios la rodearon y empezaron a recriminarle:
— Dinos de quién es ese niño. Contéstanos, ¿por qué guardas silencio? ¿No es hijo tuyo? ¿Cómo puede una virgen tener hijos? ¡Habla! Ya, está claro, has tomado una senda equivocada y eso que ni tu padre ha sido un hombre de mal ni tu madre una mala mujer. Perteneces a una familia noble y religiosa. Ellos nunca han hecho algo parecido.
Se estaba cometiendo una injusticia con María. Pero ella mantenía la cabeza alta y no se amilanaba. Sus ojos brillaban con la luz de sus sentimientos maternales y la obediencia a Dios. No cesaban las preguntas. La arrinconaron, no tenía escapatoria. Con toda sinceridad se encomendó a Dios y señaló a Jesús.
Se asombraron. Quería que le dirigieran las preguntas al mismo bebé y no a ella. Pero, ¿cómo se puede preguntar a un bebé recién nacido? ¿Podría contestar un bebé envuelto en pañales? Entonces preguntaron:
— ¿Cómo vamos a hablar con un niño de pecho?
Nada más decir esto se realizó un milagro increíble y Jesús les respondió desde el regazo de su madre.
— Yo soy el siervo de Dios. Él me ha dado las escrituras y me ha hecho profeta. Allá adonde vaya me bendice y me ha encomendado hacer plegarias y predicar la necesidad de hacer limosna prescrita purificante y ser bondadoso con mi madre, no me ha hecho ni insolente ni rebelde. La paz sea sobre mí el día en que nací, el día de mi muerte y el día en que sea devuelto a la vida.
Al acabar sus palabras, los rabinos se pusieron pálidos. Estaban siendo testigos de un milagro. Esto significaba el destronamiento de su autoridad y que, según fuera creciendo Jesús, éstos perderían credibilidad ante su pueblo.
Para evitarlo había un sólo camino. Ocultar aquel milagro que habían presenciado. Inmediatamente, comenzaron a calumniar y deshonrar a María delante de la gente.
A pesar de que la verdad se había ocultado dando una versión distinta de los hechos, las noticias llegaron a Herodes, gobernador de los palestinos y enviado de Roma. El gobernador controlaba a los suyos mediante el terror, la tiranía y el espionaje.
Cuando le llegó a Herodes la noticia de que había nacido un niño sin padre él se estaba divirtiendo en su palacio. Además, el bebé había hablado desde su cuna... Sus palabras eran tan rotundas que podrían destronar al rey de Roma. Esas palabras sacaron de quicio a Herodes. Se puso furioso, tiró la copa a la cara del soldado mensajero y llamó inmediatamente a su ayudante, sus comandantes y espías para reunirse. Cuando entró en la sala de reuniones miró con atención a la cara de sus espías y les dijo:
— Decidme qué es lo que sabéis sobre el bebé que habló desde su cuna.
El jefe de los espías dijo:
— Nos parece que esas noticias no tienen nada que ver con la verdad. Corrían rumores de que un niño bendito había empezado a hablar nada más nacer. Aunque enviamos a nuestros hombres para que lo buscaran no consiguieron encontrarlo. Después de las investigaciones podemos decir que las noticias son exageradas.
Uno de los espías tomó la palabra diciendo:
— Según las noticias que he recibido de fuentes fiables tres sabios zoroástricos llegaron a Palestina siguiendo a una estrella deslumbrante. Dicen que esa estrella es un signo del nacimiento de un niño milagroso que va a ser el salvador de su pueblo en el futuro.
El gobernador preguntó:
— ¿De quién va a salvar a su pueblo?
— Mis hombres no me han dicho nada sobre esto, Señor. Además, los tres sabios desaparecieron de repente.
El gobernador gritó con furia:
— ¿Cómo que desaparecieron? ¿Entonces de qué se trata esa historia? ¿O es una conspiración contra Roma?
Herodes saltó de su trono; le estaba saliendo fuego de los ojos:
— Quiero la cabeza de esos tres hombres y también la del bebé. No me vengáis con información incompleta.
El cabecilla de los espías dijo:
— Señor nuestro, a lo mejor es un sueño que inventaron los ciudadanos judíos.
No había manera de que se calmara Herodes; les dijo amenazando a sus hombres:
— Si no me traéis la información que os pido sobre el bebé os voy a cortar la cabeza a todos. ¡Largaos!
Después de que los ayudantes y los espías salieran con miedo del salón, el gobernador se sentó en su trono y empezó a pensar. Las noticias le habían preocupado de verdad. No le importaba nada que naciera una nueva religión. Lo que le preocupaba era la idea de la destrucción de la autoridad de Roma. Decidió llamar al jefe de los rabinos para conocer más detalles acerca del tema. Mandó al templo un grupo de soldados para que lo trajeran.
Al cabo de una hora el jefe rabino estaba ante Herodes. El gobernador le dijo:
— Lo llamé para consultarle sobre un asunto que me preocupa mucho.
El jefe rabino dijo inclinando la cabeza hacia delante:
— Estoy a sus órdenes, Señor.
— He oído unas noticias contradictorias sobre un bebé que habla desde su cuna. Cuando sea mayor salvará a su pueblo de la esclavitud de Roma. ¿Es verdad todo eso?
El jefe rabino presintió que había una trampa en esa pregunta. Después de pensar un poco como responderla dijo:
— Señor nuestro, ¿está usted interesado en la religión judía?
— No, la única cosa que me importa es la autoridad de Roma. Contéstame a la pregunta, rabino.
El rabino había escuchado hablar a Jesús. Pero si decía la verdad, causaría muchos más problemas. Por eso decidió no contarle toda la verdad. Le dijo al gobernador que había escuchado algo de eso pero que tenía dudas sobre su certeza. Herodes le preguntó con curiosidad:
— ¿Crees que esa historia pudo ser inventada para destruir el Imperio Romano?
— Sí Señor, absolutamente por ese motivo.
El rabino añadió dando unos pasos atrás de miedo:
— Permítame decirle una cosa. Este es un presagio muy antiguo hecho por unos rabinos que vivieron una vida de esclavitud en Babilonia hace un siglo.
— ¿Existe gente que cree en ello? Por ejemplo tú, ¿crees que es cierto? ¿Has visto a dicho bebé sin padre?
El rabino estaba asustado, le empezó a palpitar el corazón con fuerza. Se estaba esforzando por mantener la serenidad.
Le contestó de esta manera:
— ¿Le parece posible a usted que pueda nacer un ser humano sin padre? Esas cosas son sueños sin sentido.
— Sabes muy bien que las ilusiones que inventa el pueblo en los que después cree son los que les quitan el sueño a los reyes. Ya puedes retirarte, pero si te enteras de algo nuevo sobre este asunto, dímelo a mí antes que a nadie.
Después de que el rabino saliera del salón, Herodes empezó a pensar en la situación. Y si el rabino estuviera mintiendo... además había presentido algo en sus ojos. Él lo sabía muy bien.
Pero ¿qué significaba la historia de los tres sabios que siguieron a una estrella deslumbrante? No podía quedarse tranquilo sin enterarse de los rumores que corrían sobre el asunto. Llamó inmediatamente a sus comandantes y les ordenó que trajeran a todos los que pudieran dar algún dato sobre este asunto. Los iba a interrogar él mismo. También quería ver a aquella virgen que había dado a luz al bebé.
Justo en ese momento María se había alejado ya de Palestina e iba a Egipto. La noche anterior una persona que ella no conocía vino a su casa y le dijo:
— Oh María, coge a tu bebé y vete inmediatamente a Egipto.
María estaba asustada y le preguntó:
— ¿Por qué? Además, ¿cómo podría ir sola a Egipto? Ni siquiera sé cómo ir allá.
El desconocido le dijo:
— No te preocupes... tú ponte en camino. Recuerda que Dios te está protegiendo. El gobernador romano os está buscando a ti y a tu bebé para mataros.
Después de calmarse un poco María dijo:
— ¿Cuándo debo ponerme en camino?
El desconocido:
— Ahora mismo. No tengas miedo, no estás sola sino con un profeta muy valioso para Dios. Es el destino de los profetas: ser obligado por su pueblo a abandonar su país. En realidad es como si la maldad echara a la bondad por un tiempo. Pero no hay por qué preocuparse. Siempre la bondad vuelve con más fuerza y derrota a la maldad. Vete ahora, no pierdas más tiempo.

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Re: El Profeta Jesús

Mensaje  orgullosadeldin el Mar Abr 22, 2008 11:30 am

María se unió a una caravana. Estaba pasando por el enorme desierto de Sinaí con Jesús en su regazo. Por el mismo desierto ya había caminado Moisés y ahí éste había visto el fuego.
Al final de un viaje largo y muy difícil por fin llegaron a Egipto. Con su aire limpio, sus tierras fértiles, su rica cultura y su buena gente ese lugar era el más adecuado para la educación de Jesús. Pasó su niñez allí.
Pasaron los años y un día llegó junto a María el mismo hombre que hacía años le había dicho que abandonara Palestina. Esta vez le dijo a ella:
— El gobernador cruel de Palestina ha muerto. Coge a tu hijo y regresa a tu país. Es la hora de que la bondad derrote a la maldad. Desde ahora Jesús tiene que sentarse en su trono y éste será el corazón de los pobres, desamparados, enfermos y oprimidos.
Jesús salió de su casa y se dirigió hacia el templo. Era sábado, el día sagrado de los judíos, día de las prohibiciones y de las ceremonias religiosas. En ese día nadie podía prender o encender ni tampoco podía extinguir un fuego. Estaba prohibido para las mujeres amasar, para los niños lavar sus juguetes y para las chicas trenzar su cabello. No se podía escribir nada ni borrar nada de lo escrito.
Según su mentalidad la religión era de este modo. Eran muy fieles a la apariencia de los principios religiosos. Pero no tenían nada realmente significativo en sus vidas. La maldad les había atrapado. Sus mentes todavía vivían sumidas en el odio y estaban confusas por miles de mentiras.
Jesús recordaba a una persona que había venido de un mundo muy diferente al de los palestinos. Su carácter no tenía nada que ver con los de su gente. Su cabello ondulado y suave que le llegaba hasta los hombros estaba tan limpio como si hubiera sido lavado por la lluvia de unas nubes que no habían descendido a la Tierra. Las tierras por donde él pasaba olían a Cielo. Sus modestas vestiduras, hechas de lana eran más nobles que las de los emperadores romanos y los rabinos judíos.
Aunque era sábado Jesús cogió unas frutas de los árboles y se las dio a una paloma. Según los judíos ese comportamiento suyo era una rebelión contra ellos. Sin embargo, Jesús sabía que la religión verdadera no era sólo quedarse con lo externo de las oraciones. La oración verdadera era aquella donde se complementaban lo esencial y la forma. Por eso pelaba las frutas y las repartía a los seres necesitados. Les avivaba el fuego a las ancianas para que se calentaran pues era imposible que sus cuerpos débiles y enfermos aguantaran el frío.
Jesús iba con frecuencia al templo y ahí contemplaba a las personas y a los rabinos. Un día fue al templo. Las paredes del templo estaban hechas con la madera de un árbol aromatizante y sus cortinas elaboradas de una tela preciosa adornada con oro. Del techo colgaban candiles de plata. Las velas colocadas en diferentes partes del edificio iluminaban el templo tanto que deslumbraban la vista.
Sin embargo, los corazones se encontraban como un edificio en ruinas y eran muy oscuros. Jesús era la única luz deslumbrante. Dios le iba a ordenar llevar esa luz a todos los pobres, desamparados, indigentes y a los necesitados de luz.
Se quedó mucho tiempo en el templo y observó a la gente. Había veinte mil rabinos. Y el nombre de todos ellos estaba escrito en una tabla grande del templo. Vivían en habitaciones apartadas para ellos en el templo y también se les asignaba un sueldo. Todos aquellos grupos tenían una ropa diferente. Los de Levi se ponían sombreros y togas con bolsillos grandes donde ponían sus libros. Por otro lado estaban los Ferisi, su vestido era morado y adornado con oro.
Los rabinos y hombres de religión del templo eran mucho más numerosos que los visitantes. La plaza exterior al templo estaba llena de corderos y palomas comprados por los visitantes para sacrificar. Los animales sacrificados se tiraban al fuego después de muertos y los pobres no podían entrar en el templo porque no podían sacrificar nada. Jesús al ver esto se dijo: «¿Por qué queman los animales habiendo tantos pobres muriéndose de hambre? ¿Así pretenden contentar a Dios? ¿Por qué los pobres deben endeudarse sacrificando animales para entrar en el templo? ¿Y por qué los animales que no crecen fuera del templo no se pueden sacrificar? ¿Y qué hacen con tanto dinero los rabinos? ¿No hay lugar para los pobres en el templo? ¿Entonces por qué sólo lo pueden visitar los ricos? ¿No es raro entonces que a la casa de Dios sólo puedan entrar los que tengan dinero?»
Primero salió del templo y después de la ciudad y se dirigió hacia el monte. Estaba muy triste. ¿Cómo era posible que la gente estuviera tan lejos de Dios estando en su casa? Estaba pálido¼ Le preocupaban mucho los problemas de la gente.
Después de pasear un poco por las colinas de Nasira, levantó las manos y empezó a rezar por la humanidad que se arrastraba directamente al infierno, por la humanidad ingrata después de todas las bendiciones de Dios.
Las lágrimas se deslizaban por su mejilla al suelo como perlas. Al cabo de un tiempo sus llantos silenciosos se convirtieron en sollozos. En la tierra había una semilla que estaba a punto de morir por la sequía. Cuando absorbió las lágrimas deslizadas de los ojos de Jesús brotó de repente y empezó su viaje en la vida. Aquella noche Dios le reveló la Biblia.
Empezaron los días llenos de sufrimiento en la vida de Jesús. Los días de lucha contra las personas cuyo corazón estaba lleno de ingratitud y obstinación, días de meditación, oración e invitación a Dios. Iba a llamar a la humanidad al Paraiso preparado por Dios para los fieles. Ya se habían acabado los días de ofrecer oro a los rabinos para arrepentirse de los pecados. Ya existía la modestia, el amor, el perdón... Era imposible ver estos conceptos entre los judíos porque en ellos no había perdón, tan solo aplicaban el «ojo por ojo, diente por diente»... que viene a ser lo mismo que «si alguien te pega en la mejilla derecha, tú también haz lo mismo», todo lo contrario de lo predicado por Jesús, el cuál expresó a la gente que «Si alguien te golpea en la mejilla derecha, ofrecele la otra mejilla».
En realidad quería darles la siguiente lección: la verdadera religión no es vengarse cuando te hacen daño sino comportarse con tolerancia y perdonar.
Los israelitas se sorprendieron ante esas palabras que oían por primera vez en su vida. El mensaje de Jesús destruía a sus príncipes y también los rabinos perdían su prestigio ante los ojos del pueblo.
El profeta Jesús le contó a la gente que Dios quería a las personas de buen corazón no importaba si eran ricas o pobres y que, sin embargo, le parecían muy mal las actitudes de las personas que se comportaban con orgullo, dureza, malas maneras pues a Dios no le gustaba la mentira, el engaño y el robo. Había una sola manera de alcanzar la misericordia de Dios y ésta era ser modesto, tener buen corazón y querer a las personas, incluso a aquellas por las que no seamos queridos.

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Re: El Profeta Jesús

Mensaje  orgullosadeldin el Mar Abr 22, 2008 11:31 am

En una época en la que muchas almas se dejaron abrazar por la idea del dinero y lo material, en la que las personas se dejaban guiar por la opresión y la ambición, el mensaje de Jesús mostraba el único camino para alcanzar la auténtica esencia humana. Él sabía que no podrían alcanzar fácilmente las metas que él se había marcado. Sin embargo, el hecho de esforzarse en alcanzar ese objetivo, encontrar el camino correcto ya era suficiente para su salvación.
Dios le concedió un milagro a Jesús. Efectivamente le había hecho construir un barco a Noé y gracias a él se habían salvado del diluvio. El cetro de Moisés había dividido en dos el Mar Rojo. Los milagros de Jesús correspondían a un profeta nacido sin padre: primero había sido protegido en su cuna por el aliento. Dios le había enseñado la ciencia del Libro y lo que es más importante de todo le había proporcionado la Biblia, uno de los libros sagrados, en la que explicaba los secretos del Antiguo Testamento.
Dios le había otorgado a Jesús un aliento eficaz ya que él hacía pájaros de barro y después le insuflaba un aliento, y con el permiso de Dios ese barro seconvertía en un pájaro auténtico y volaba.
Las modestas vestimentas de Jesús, al ser tocadas por un enfermo, lo curaban de inmediato. Cuando tocaba los ojos de un ciego, éste empezaba a ver y si alguien tenía heridas o manchas en su cuerpo le desaparecían totalmente con su intervención. Además, con la fuerza que Dios le dio al corazón y a los ojos, podía encontrar las cosas que la gente escondía en su casa o podía hablarles de cosas ocurridas anteriormente.
Pero el milagro más asombroso era el de resucitar a los muertos. Cuando él llamaba a los muertos por sus nombres éstos resucitaban con el permiso de Dios.
Jesús, utilizando todos estos milagros, llamaba a todas las personas a venerar al único Dios, y a purificarse.
Las palabras de Jesús no gustaron nada a algunos rabinos. Los romanos que oprimían las tierras de Palestina lo veían como un peligro y creían que les iba a arrebatar la autoridad. Y los ricos que explotaban a su pobre pueblo lo proclamaron traidor.
Jesús ayudaba a los pescadores, los desamparados, los enfermos y el resto de indigentes y les mostraba el camino al Paraiso. Los gobernantes crueles quisieron quitarselo de en medio al ver que éste les trataba muy bien. Y algunos judíos que le tenían envidia quisieron matarlo.
Querían que perdiese su prestigio ante el pueblo. Lo planearon hasta el más mínimo detalle e hicieron un plan. Según su plan, el día siguiente iban a acabar con Jesús.
Al día siguiente cuando Jesús fue al templo, los rabinos le mostraron a una mujer. Esa mujer había pecado de un modo imperdonable y su castigo era ser lapidada hasta la muerte. Le preguntaron a Jesús:
— ¿Qué dice la religión de Dios ante esa situación? ¿No hay que matar a las mujeres que pecan de ese modo?
Jesús dijo:
— Sí.
Los rabinos siguieron:
— Bien, esa mujer hizo algo muy malo, ¿qué le debemos hacer según tu opinión?
El Profeta del Amor primero miró a la mujer y después a los rabinos. Sabía muy bien que los rabinos eran más pecadores y crueles que esa mujer. Según los rabinos, Jesús iba a decir que no mataran a la mujer. Y entonces sería como oponerse a los principios transmitidos por el profeta Moisés. Y si dijera que mataran a la mujer sería una contradicción con el mensaje de amor traído por él y así se derrumbaría ante los ojos del pueblo. Todos se pararon en espera de la respuesta que daría.
Jesús, dándose cuenta de la trampa, miró a la mujer y a los rabinos y dijo:
— Quien esté libre de culpa, que tire la primera piedra.
Las palabras de Jesús cayeron como un rayo sobre la plaza. Lo que dijo fue extraordinario. En efecto, el error debería ser castigado con la inocencia. Los que habían caído en el barrizal del pecado no tenían derecho alguno para nombrarse justicieros, sólo Dios podría hacerlo. Él estaba por encima de todo y era el Señor de la Misericordia Infinita.
Los rabinos se quedaron confundidos. No sabían qué decir. Dejaron en libertad a la mujer, sin más posibilidad que esa. Tras la lección dada a la multitud y a los rabinos, Jesús se dio la vuelta y se fue. La pecadora corrió tras él. Se paró enfrente y sacó de entre su ropa un caro perfume que llevaba escondido. Mirándole con ojos agradecidos se arrodilló ante sus pies. Por un lado los besaba y por otro los lavaba con el perfume y las lágrimas derramadas.
Lloró durante un buen rato y después hizo un paño con su cabello y se los secó. Jesús era la única luz de esperanza para la salvación de millones de humanos. Era la imagen de la misericordia.
El máximo dirigente de los rabinos le siguió de cerca y presenció todo lo ocurrido. Le impresionó la misericordia y el perdón de Jesús. Nuestro querido Profeta le miró y dijo:
— Un hombre prestó dinero a dos personas. A uno de ellos quinientos denarios y al otro cincuenta.
El rabino le contestó:
— ¿Y?
— No tenían dinero para pagar la deuda y por ello el hombre se la condonó.
— ¿A dónde quieres llegar?
— ¿Cuál de ellos le querrá más por esto?— le preguntó Jesús
— Claro que el que tiene la deuda mayor.
A lo que Jesús contesto:
— Es cierto. ¿Ves a esta mujer? Cuando yo estuve en tu casa como invitado no me ofreciste siquiera una taza de agua para refrescarme la cara pero ella me ha lavado los pies con sus lágrimas y me los ha secado con su pelo. No me has besado ni una sola vez y ella me ha besado los pies tantas veces que no podría contarlas. Tu corazón es muy duro pero el suyo está lleno de amor y a los que están llenos de amor se les perdonarán sus pecados.
Jesús, levantando a la mujer del suelo le dijo:
— Ya puedes irte en paz porque Dios te ha perdonado los pecados.
Jesús predicaba a Dios por toda clase de ciudades y pueblos de Palestina. Dios le había enseñado el Antiguo Testamento dándole la Biblia y su corazón había sido lavado de faltas. El mensaje traído por Jesús era el mismo que el de los demás profetas:
— Venerad al Único Dios. No hay más Dios que Él.
Los israelitas, que o bien deformaron el Antiguo Testamento revelado a Moisés o bien sólo se fijaron en el significado externo de los conceptos, no tenían sentido en sus vidas. Jesús intentaba explicarles a los judíos, en particular a los rabinos, que el objetivo más inmediato de la religión era tener compasión con los débiles e indulgentes.

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y que se arrepienten luego. Allah les perdona, porque es sabio y prudente".

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Re: El Profeta Jesús

Mensaje  orgullosadeldin el Mar Abr 22, 2008 11:31 am

El Profeta nunca degustó los placeres mundanos. Un día, vistiendo viejos ropajes de lana, con los ojos en lágrimas, amarillenta su cara por el hambre y con sus labios resecos por la sed que sentía, se dirigió al pueblo gritando de esta manera:
— ¿Sabéis dónde está mi casa?
— No— dijeron ellos.
— Mi casa es la mezquita, mi bebida el agua, mi alimento el hambre y mi luz la Luna que nace en el anochecer. Para protegerme del frío del invierno rezo a Dios volviendo mi rostro al Sol que nace. Mis flores de albahaca son las plantas silvestres. Mi ropa es de lana en bruto. Mi mayor luz es tener temor a Dios. Mis compañeros de viajes son los pobres, miserables, indolentes sin nadie en el mundo. Al amanecer mi ropa es la pobreza y al atardecer es la nada pero no me afecta. La fe, Dios, me basta. ¿Hay alguien más rico que yo en el mundo?
Cuando un ciego se le acercaba, en cuanto le pasaba sus manos sobre los ojos la cortina de la oscuridad desaparecía y comenzaba a ver todo su alrededor. Los leprosos le salían al paso pidiéndole que rezara por ellos. Les tocaba y se curaban enseguida levantándose de alegría. Sus manos eran la medicina del cuerpo y el alma.
Sin embargo nada de esto fue suficiente para convencer a su pueblo, obsesionado por lo material. Al ver que los pobres e indulgentes se le unían se enfadaban, sus rencores se avivaban y pensaban cómo podrían hacerle caer en desgracia a los ojos de todos.
¿No se había convertido en una serpiente gigante el cetro de Moisés ante sus ojos? ¿No habían presenciado que con esta misma vara Moisés había dividido las aguas del Mar Rojo de un golpe? ¡Y muchos más milagros que Moisés y los sucesivos profetas mostraron! Pero, ¿cómo sería posible influir en unos corazones sin espiritualidad?
A pesar de los milagros mostrados por Jesús, no le creyeron. Le llamaron mago burlándose de él. Al final resucitó a los muertos en su presencia. ¿Podía haber algo difícil para alguien que se apoyaba en el ilimitado poder de Dios?
Un día una mujer anciana se le acercó llorando. Había perdido a su querido hijo. Le rogó a Jesús para que lo resucitara y Jesús le acompañó a su tumba. Se reunió una gran multitud para ver qué pasaría después, Jesús levantó las manos en oración y le llamó por su nombre. Poco después la tumba se abrió y el chico salió de la tierra para sorpresa de todos. Su madre lo abrazó y besó.
La noticia de este milagro corrió como la pólvora por todos los lugares de Palestina,llegando a todos, incluidos los rabinos, pero como se dijo antes, sus corazones eran de piedra. Se presentaron a Jesús y le dijeron de modo insolente:
— Tú resucitas a los que acaban de morir, si tu poder te lo permite, resucita a uno muerto hace tiempo, por ejemplo, al hijo de Noé, Samuel.
Habían pasado miles de años desde la muerte de Samuel. Jesús quiso que le enseñaran su tumba. Fueron todos a ese lugar, había una gran multitud mirando. Jesús rezó silenciosamente y gritó:
— Levántate Samuel, hijo de Noé, con el permiso de Dios.
El suelo se abrió y la gente se apartó del miedo, los rabinos abrieron los ojos de par en par. Jesús estaba tranquilo. El hijo de Noé, envuelto en la mortaja, estaba frente a Jesús. Ante el pánico que sentían todos se quedaron mudos de miedo. El pelo de Samuel era blanco. Jesús le preguntó en tono suave por qué su pelo se había emblanquecido porque en su época el pelo de la gente no encanecía.
— ¡Oh, Mensajero de Dios! Cuando me llamaste pensé que era el Juicio Final y mi cabello emblanqueció de miedo, a todos les pasaría esto.
Los rabinos dejaron a Jesús y volvieron al templo. Jesús se dirigió camino a la montaña. Había cientos de pobres por allí. Entre tanta gente sólo un puñado creía que él era profeta. Subió a la cima más alta. En el cielo había nubes blancas y poco después empezó a llover. Jesús habló así a las personas que se le habían unido:
— Hay buenas nuevas para los pobres ricos de espíritu. Su recompensa será el Cielo. Buenas nuevas para los que han probado la tristeza por Dios y para los corazones limpios que perdonan a sus semejantes. Los creyentes sois como la sal de la vida y si la sal se estropea, nunca volverá a ser la misma.
El auténtico sabor de la vida es la fe. Una vida sin fe es como una comida sin sabor. Los creyentes sobre la Tierra son los que le dan sentido a la vida. Donde no hay fe hay violencia, injusticia, venganza y falta de compasión.
Doce de ellos le creyeron. El que sólo un grupo de personas le creyera es el destino de los profetas. Incluso algunos de ellos no fueron seguidos por nadie. Los discípulos de Jesús fueron doce: Los apóstoles.
Un día Jesús dijo gritando:
— ¿No hay quién me ayude en el camino hacia Dios?
Los apóstoles dieron un paso adelante y dijeron:
— Nosotros.
La fe les corría por las venas porque Jesús había rezado al cielo y les había proporcionado alimentos. Aunque miles de pobres se habían sentado a la mesa con ellos los alimentos no se habían terminado.
Mientras todo esto sucedía los rabinos planeaban cómo deshacerse de Jesús. Formaron un comité y se dirigieron al prefecto romano. Le dijeron que Jesús sublevaba a su pueblo contra Roma y que preparaba una rebelión. Su propósito era que el prefecto ordenara matarlo. Pero no lo lograron.
La razón era que esto le venía bien al prefecto: alguien que dividiera a los judíos. No le importaba en absoluto la religión, su única ambición era retener el poder en sus manos. No quería enfrentarse a la gente que apoyaba a Jesús. Su intención era comportarse de modo más inteligente que nadie y dejar este trabajo a los judíos. De todos modos les dijo a los judíos que les apoyaría en sus planes.
De nuevo se tramaba un juego sucio. Otra vez se derramaría la sangre de un profeta. Jesús era el nuevo objetivo,se le quería eliminar e incluso se haría con el apoyo de Roma. Pero se ignoraba una realidad: Dios lo veía todo.
Una noche, una oscuridad total cubría todo. Una pequeña habitación en el templo y dentro unos rabinos con caras tan oscuras como la misma noche... Un joven estaba sentado enfrente. Su nombre era Judas. Era uno de sus fieles apóstoles. Pero Judas está incumpliendo su promesa de fidelidad. El líder rabino le espetó:
— ¿Cuánto quieres?
— Dadme treinta monedas de plata y yo os lo entregaré, sé dónde se esconde.
Justo en ese instante Jesús estaba dándoles los últimos consejos a los apóstoles en una casa. Dios ya le había advertido de lo que sucedería. Le había revelado que se acercaba la hora de decir adiós a este mundo. El Profeta Misericordioso les decía sus últimas palabras a los apóstoles.
— Me voy para que venga el Señor del Universo. Me voy para que el último Profeta Ahmed venga. (Aquí se hace referencia al Profeta Muhammad)
Poco después se oían por las calles los pasos de cientos de personas. Delante iba Judas, y detrás un grupo soldados romanos junto a cientos de personas renegadas que, aprovechándose de la oscuridad de la noche, iban a la casa donde se encontraba Jesús. Rezaba... Sus apóstoles estaban sumidos en un profundo sueño.
Cuando el grupo de pecadores se reunió a la puerta de casa, Dios ordenó que Gabriel, Rafael, Miguel y Azrail se llevaran a Jesús de ahí. Los ángeles bajaron inmediatamente y se lo llevaron vivo. Nadie pudo ver lo sucedido, ni siquiera los apóstoles. Dios elevó a Jesús al cielo. El Poder divino no permitió que los incrédulos tocaran su cuerpo.
Poco después Judas entró en la habitación. Buscó a Jesús con los ojos pero no lo vio. Les preguntó a los apóstoles uno por uno dónde estaba Jesús.
Abriendo los ojos con sorpresa miraban a Judas. ¡Qué tipo de pregunta era! Uno de los apóstoles:
— ¿Qué pregunta es esa? ¡Jesús eres tú!
Judas no entendió nada. Preguntó de nuevo pero todos los apóstoles le miraban muy sorprendidos. Mejor dicho miraban a Judas creyendo que él era Jesús. Dios le había cambiado el rostro y parecía Jesús. Dios castigaba así a los traidores.
Los soldados que entraron en la habitación a continuación de Judas pensaron que él era Jesús. Judas dijo resistiéndose:
— Yo no soy Jesús.
Era inútil, nadie le creía. Lo llevaron ante los israelitas. Le torturaron y después lo crucificaron. Así fue como Judas pagó la traición.
Los mensajes divinos que trajo Jesús fueron más tarde tergiversados y malinterpretados. La gente perdió de nuevo el rumbo. Una vez más las nubes negras cubrieron el horizonte. El demonio una vez más engañó a las personas.
Pasaron seiscientos años. La gente pasó todo este tiempo desconcertada. El mundo oscuro esperaba la llegada de la luz y en el horizonte aparecieron señales de que faltaba poco para la llegada del Último Profeta, tal y como anunciaban el Antiguo Testamento transmitido por Moisés y la Biblia transmitida por Jesús.
Toda la esperanza de la gente estaba puesta en el Último Salvador. Todo hacía pensar que llegaría pronto. La oscuridad iba a ser sustituida por la luz. Todo el universo espera al Sol del Universo que iba a nacer en La Meca.

[1] En el Corán es nombrado como «Isa».

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y que se arrepienten luego. Allah les perdona, porque es sabio y prudente".

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